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sábado, 29 de junio de 2013

Hay ciudades que tienen alma y hay ciudades que te hacen parte de su alma



He perdido el autobús. Ahora conozco, un poco mejor, la ciudad. Tercera vez que ella y yo nos encontramos. Y como la primera y la segunda vez, Baltimore me sorprendió. Sus viejos edificios, que parecen de piedra, con ese aire elegante y, en algunos casos, a la vez, algo destartalados, me hacen un guiño para que vuelva a mirarlos, a descubrir los detalles que antes no había notado. Las estaciones de un tren cuyos rieles aparentemente hirieron bosques, están rodeadas, en ciertos tramos, de una naturaleza no del todo domesticada. Un verde que quiere ser salvaje sigue en pie, y se alborota cuando los andenes se quedan solos. Envía pájaros a inspeccionar sus antiguos dominios. Y en algunos vecindarios, lejos de los árboles y arbustos que el tren dejó atrás, la gente se sienta frente a la calle, a ver pasar la vida o a disfrutarla, desde sus casas.
Baltimore desde un edificio de la Hopkins.
He terminado totalmente enamorada de Baltimore en una visita que no tenía como objetivo disfrutar de su belleza. Me dirigía a una oficina, a una entrevista muy formal. Confundí, pobre de mí, a Baltimore con una ciudad cualquiera, de esas en las que puedes hacer una gestión administrativa y regresar a casa sin ninguna inquietud. 

 Nuestro encuentro lúdico, esta vez, empieza por error. Vengo de Washington. Al bajar del tren en la estación Pennsylvania, descubro que el autobús que había pensado tomar, es una guagua propiedad de la universidad Johns Hopkins, que no puedo abordar porque no soy estudiante de esa academia. Quiero saber si hay alguna alternativa. Pregunto a un hombre de cara muy seria, “¿qué puedo hacer?”. Él me aconseja, con una tranquilidad de anarquista convencido, que me haga pasar por estudiante pues en su opinión nadie se dará cuenta, y los autobuses están hechos para llevar y traer gente que necesita transportarse. La idea es tentadora. Pero, prefiero evitar una situación embarazosa. Así que pierdo esa guagua, la dejo pasar. 

 Trato de encontrar otro sistema de transporte que me lleve a mi destino. Mientras tanto, noto la belleza de algunos edificios, aunque me disgusta que estén pintados de marrón, y no de los colores pasteles que he visto antes en algunas casonas de Baltimore. Me digo, “no me puedo detener en estos detalles ahora, debo tratar de encontrar un autobús o un tren”. Toco la puerta de un edificio de estilo contemporáneo y pregunto a un guardia de seguridad por mis alternativas. El guardia tiene la paciencia suficiente para escuchar y deletrear los nombres de las calles que debo encontrar para tomar el autobús 21. Sus explicaciones no bastan y termino perdida y me distraigo con los detalles de una iglesia de estilo muy sobrio, casi austero. Me obligo a seguir mi camino. Encuentro a un hombre y a una mujer que hablan de forma animada, mientras caminan despacio. Les explico que trato de encontrar la parada del autobús.
Desde el carro del profesor que se ofreció a llevarme a la estación del tren. 
Me indican con total precisión dónde puedo tomar la guagua, y además, me cuentan todos los pormenores del transporte público de la ciudad. También quieren que entienda cómo conseguir, en las oficinas del Gobierno, unas tarjetas especiales “para que no tenga que pagar tanto dinero en los autobuses”. No entiendo bien de qué va el asunto, así que sonrío y agradezco la amabilidad. Tal vez piensan que soy muy pobre y no puedo pagar el autobús o tal vez pregunto por un autobús que solo toman personas muy pobres. No lo sé y tengo prisa. Mientras tanto, los minutos pasan, la conversación se extiende, sin que encuentre una manera cortés de terminarla. Por suerte, el hombre mira el reloj y me dice que ya es hora de que pase la guagua. Me pide que corra hasta la próxima calle para que no pierda mi bus.

Corría, mientras ellos me gritaban que cruzara la calle con cuidado y que le explicara al conductor cuál era mi parada. Llegué justo a tiempo para abordar el autobús. No era conductor, era conductora. Le pido a la señora, que por favor me diga en cuál parada puedo quedarme para llegar a la calle que me ha indicado el guardia de seguridad. Ella es, no se puede negar, un monumento a la amabilidad, pero también a la mala memoria. Se olvida por completo de mi existencia, y solo se acuerda de mí tres cuadras después de la parada en la que tenía que dejarme.

Ahora llueve, y paso por un vecindario que parece de viviendas sociales con gente que habla en las calles y niños que juegan en los patios. Todo luce muy apacible. 

Decido volver a preguntar a un transeúnte por las oficinas. Pienso que tal vez hay un atajo, mientras camino por la bulliciosa avenida Orleans. Una mujer me explica la forma más rápida de llegar a la oficina que busco. Como el guardia, me deletrea calles y números. También me pregunta, de dónde vengo y por qué tomé esa ruta. Levanto los hombros y admito que estoy perdida. Sigo sus instrucciones, pero me confundo y vuelvo a preguntar a dos guardias de seguridad que me ayudan a encontrar mi destino y hasta a protegerme de la lluvia por unos minutos. Mi sombrilla es pequeña y estoy mojada.

 Finalmente acudo a mi cita, y luego, pregunto al señor que cuida el edificio cómo puedo regresar a la estación del tren. Se ofrece a explicarme como encontrar una parada de autobús. Pero tengo suerte, un profesor decide llevarme en su carro y veo en la cara del guardia una sonrisa de sincera alegría. Debió preocuparse al ver mi expresión de gato perdido y mojado cuando llegué al edificio. 

 De regreso a la estación, el grupo “Let the monkey go” tiene una presentación en la calle. La guitarra electrizante, el ritmo que me recuerda cierta música de Jamaica, la gente que se detiene a verlos y el olor de la comida callejera de Baltimore hacen que me sienta parte del ambiente. Todo me resulta tan distinto y tan familiar. ¡Pero es hora del regreso! Decido entrar a la estación a comprar mi pasaje. He perdido el tren de las 6:30. Tengo que esperar una hora. ¿Qué más da? quién se va a enojar luego de oír la música de “Let the monkey go”, con sus percusiones que recuerdan ese verde a veces salvaje y a veces tranquilo que el tren dejó atrás, su piano iconoclasta y los instrumentos de viento que llenan el aire de ritmos que parecen nacidos para estar aquí.

 Y está ese olor de la comida callejera de Baltimore. Por fin puedo sentir, luego de mucho tiempo, el olor del ajo y la cebolla de la comida “real”, en esta ciudad en la que puedes conversar en cualquier esquina, y donde desde la decoración de una calle para celebrar la Navidad hasta la recolección de fondos para una obra social o simplemente el amor de la gente por la comida callejera y la buena música bastan para armar una fiesta y bailar hasta que el sol se acueste o se levante, que no vamos a controlarle la vida al sol, que de eso se ocupen los aburridos policías. 

 Ahhh, y la ciudad tiene un puerto por el que no he podido caminar con detenimiento. Seguro que la próxima vez iré a ver cómo es la vida portuaria, porque esos barcos que vienen y van por el río Patapsco tienen que estar relacionados con ese aire de alegría que se respira en la ciudad.
Desde el tren, camino a la ciudad de Baltimore. Durante este recorrido se pueden ver muchos árboles, y fuentes de agua.

jueves, 28 de julio de 2011

Un niño pobre y una niña…


Un niño no mayor de once años esperaba con su limpiabotas y un paraguas en la mano a que pasara la lluvia en la avenida México casi esquina Abraham Lincoln.

Divertido, quiso iniciar una conversación. Para seguirle la corriente le pregunté: “¿por qué usas un paraguas tan grande?” y me respondió que cuando llueve se ofrece a cubrir a las personas desde la entrada de un edificio cercano hasta sus vehículos. A cambio del servicio ellas le dan “algo”.

Inquieto, marcaba su nombre y dibujaba en el vidrio de un carro con tanta ilusión que no valía la pena señalarle que empañaba un cristal recién lavado.

Me contaba que en su escuela las clases inician en agosto cuando cerca de nosotros pasó una señora con tres niñas. Una de las pequeñas, de unos ocho años, casi obligó a la doña a detenerse y le preguntó al niño: “¿Eres pobre?”.

El pequeño dijo “sí”, tan convencido y con tanta tristeza que el ambiente se cargó de angustia.

La chiquita, con gesto casi victorioso, agregó “yo no soy pobre”, y sin pensarlo comenté “niña sin educación”, con un ademán de reproche hacia la señora que la acompañaba.

Ellas siguieron su camino y el niño empezó a explicarse y a explicarme las posibles causas del comportamiento de la niña. Dijo que ella tenía “muchas cosas en su casa”, que la “añoñaban mucho, que le daban todo”.

Perpleja, sólo dije, “bueno, tú eres un niño muy bueno, estudias y trabajas, seguro que te portas bien”.
El pequeño me respondió “yo ayudo a mi mamá”.Y sólo asentí con un gesto. ¿Qué más podía decirle, de qué serviría hablar?

Dejé a mi pequeño dibujante y fui a la librería a refugiarme en un libro infantil que cuenta la historia de una niña que se encuentra con una muñeca que ha pertenecido a su familia-rica por lo que puedo inferir-durante generaciones.

Me he dedicado a leer el libro antes de regalarlo a mi sobrina para que discutamos juntas el argumento. Pero ahora asocio el libro con la escena del niño limpiabotas y no sé si comentaré con mi sobrina la fantasiosa historia de una muñeca que se convierte en la diminuta reina de una niña que visita a su abuela o si le hablaré de un muchacho pobre que dibuja y escribe su nombre sobre el vidrio de un carro recién lavado.

lunes, 18 de julio de 2011

Santo Domingo asfixiante



La mujer soporta que un tipo le grite a sus nalgas, mientras intenta caminar, sin molestar a nadie, concentrada en no caer en un hoyo por las calles de esta ciudad desastrosa y el muchacho amanerado recibe burlas en el carro público.

Luego, ambos observan como una persona gorda es rechazada del transporte colectivo, un haitiano soporta gestos y miradas de desprecio en la fila para abordar una guagua voladora en la avenida Independencia y una anciana camina temblorosa porque sabe que la pueden atropellar conductores que parecen perder su condición de seres humanos frente al volante.

Todos maltratados por la ciudad y por otros ciudadanos que como ellos tratan sobrevivir a los bocinazos a la basura; y al caer la noche, también a la oscuridad. Esta ciudad nos aplasta irremediablemente.

martes, 12 de julio de 2011

Empatía y sentido común



Por diversas razones he durado meses en un patín: trámites legales en instituciones del Gobierno y en universidades, búsqueda de libros viejos y de papelitos olvidados en baúles junto a notas que me recuerdan acontecimientos felices o desastrosos. Por si fuera poco, vivo momentos desesperantes al no encontrar libretas y documentos que creía guardados y terminaron perdidos en la basura o en las manos traviesas de algún sobrino. Paciencia.

Ante ese escenario de caos, lidio con mi irritación por las dilaciones innecesarias en instituciones públicas, por las respuestas ambiguas que no llevan a ninguna parte, y en cambio conducen a esos momentos incómodos en los cuales nos ponemos sarcásticos, irónicos y desagradables. Por supuesto, así sólo perdemos más tiempo, pero también hacemos catarsis y si la discusión no pasa a mayores, los empleados y yo terminamos por reírnos de tanto absurdo.

Uno de esos absurdos ocurrió por la excesiva confianza que mucha gente deposita en la sabiduría de los informáticos, las informáticas y los “sistemas”, esas aplicaciones tecnológicas que nos facilitan la vida y que algunos ven como “dioses” a los que nadie puede cuestionar.

Ocurrió así: me entregan un récord de notas, lo miro y veo dos errores: hay registrados menos créditos de los que indica el propio documento, y hubo un mal cálculo en el índice de un semestre.

Trato de señalar el error a la encargada de registro y ella se niega a ver lo obvio. Me cuentan que es una profesional con experiencia en el tema, que ha mejorado procesos importantes en la universidad. Algunos de sus colegas dicen además que es hábil para encontrar soluciones.

Por eso me siento frustrada, cuando se niega a escuchar y a ver lo evidente. “Mira, eso es un sistema” me dicen en su departamento, por toda respuesta. Trato de argumentar que un sistema lo desarrolla una persona como nosotras, pero, con conocimientos tecnológicos y tal vez más habilidad para las matemáticas y el razonamiento lógico que la mayoría, pero un ser humano con limitaciones, a fin de cuentas.

Ni argumento, ni ironías, ni boches fueron suficientes. Pasaron cuatro semanas para que, ante mi insistencia, el informático revisara mi caso y junto a la encargada se diera cuenta de uno de los errores. Pero, ¿cómo admitir que hubo un segundo error, qué el sistema, esa cosa sobrehumana con su divino creador se equivocara dos veces?

Luego de tres días de la primera victoria (santa paciencia) y de que yo me enredara en tontos discursos explicando por qué la suma de 3 más 4 es igual a 7 y no a 9, se arregló el entuerto.

Y una de mis reflexiones a raíz de esta frustrante experiencia es que nadie debe renunciar a pensar por sí mismo, a ver, a desconfiar y a dudar para entregarle su cabeza a un experto.

Por el contrario, las opiniones del experto o incluso del genio, deben servirnos para ampliar horizontes, intentar comprender y si fuera el caso, facilitarnos la vida. Pero nuestra cabeza debe seguir perteneciéndonos. La mía al menos, con sus luces y sus deficiencias, seguirá siendo mía, ya sea para ver un documental de física cuántica, decidir si apoyo o no un proyecto o, ¡por las burocracias primigenias! para sumar, restar, multiplicar y dividir con permiso del Excel, los informáticos y todos los códigos binarios.

Pero también he aprendido que más que con lógica y matemáticas, muchos problemas bien se pueden resolver con empatía. Con un poco menos de fe en la informática y más apertura para escuchar lo que los demás tienen que decir por parte de la encargada, y un poco menos de mal humor y sarcasmos de la mía, es posible que nos hubiésemos ahorrado algo de tiempo y muchos malos ratos.

domingo, 7 de marzo de 2010

Recuerdos de Costa Rica


Marito cuida y ama a esta vaca.


Un hombre feliz le canta a una vaca que es el objeto de su amor y sus desvelos; otro inventa juegos y los juega en plena vía porque decidió no sucumbir ante las rutinas que con frecuencia seguimos sin detenernos a pensar: ¿Estoy donde reside la felicidad? … Estampas que conservo de tres días de visita a Costa Rica.



En otro rinconcito de mi corazón viajero me quedo con el azufre del volcán Poás y con el ascenso por un bosque húmedo a una montaña que protege la laguna Botos, con sus aguas apacibles rodeadas de un bosque verde tan intenso que provoca deseos de de llorar de alegría por vivir en un mundo tan hermoso.

Y para meditar, luego de una caminata por el centro de San José y una visita a su Museo Nacional, un texto del historiador Víctor Hugo Acuña Ortega sobre los inmigrantes.

En un salón que rinde homenaje a los inmigrantes que contribuyeron a formar la Costa Rica de hoy, con imágenes- creo que a tamaño real- de varios grupos humanos, se destaca la cita: “Desde el fondo de los tiempos siempre hubo alguien antes que nosotros, alguien a quien desplazamos, alguien que nos marginó, alguien con quien luchamos y alguien con quien al final nos confundimos”.

Gracias a la cita llegué al texto completo de Elogio del inmigrante, en internet. Sólo por encontrar ese ensayo, valió la pena someterme a la tensión de buscar una visa en tres días, a pesar de que la embajada tica nos pide desde “certificado de buena conducta” hasta un documento migratorio en el que se registra y certifica cada entrada y salida del territorio nacional (por suerte me exoneraron de llevar esa extravagancia que ni los estadounidenses solicitan).

Luego de entrar a ese museo y leer el texto de Víctor Hugo olvidé el mal sabor de sufrir una inspección en la oficina de migración del aeropuerto Las Américas-y soportar las miradas suspicaces de oficiales y pasajeros- para comprobar si mi visa era “auténtica”.

Tampoco voy a recordar una discusión en un mercado de artesanías de San José donde intenté probar-¡Ay Dios mío, yo que no soy muy dada al orgullo nacional!- que a pesar de la percepción que se tiene allá de la migración dominicana, aquí hay personas tan buenas y tan malas como en todas partes… es más hasta dije-cual repetidora de clichés- que los dominicanos somos un pueblo de gente noble.

Me quedo con el señor que le canta a la vaca- quien me abrazó en plena calle-, con una noche de baile en el barrio México de San José, luego del trabajo –acompañada de maravillosos ticos, hondureños, nicaragüenses, panameños, guatemaltecos- y con esta frase del historiador que cambió mi viaje: “Así, haciendo la guerra y haciendo el amor descubrimos que pertenecemos a una sola y única humanidad”.

P.D. Un abrazo a todos los artesanos maravillosos con quienes conversé en el mercado que está cerca de la Plaza de la Democracia. Espero que le ganen el pleito a la fundación del presidente Oscar Arias y que no les cambien de lugar, al menos no a un sitio que ustedes no deseen. Estoy terminando de organizar algunos datos desde aquí, tal vez luego escriba algo sobre el tema.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Esos traviesos que nos destrozan el corazón

Recuerden a los dos niños de rodillas, con los brazos abiertos, pidiendo comida en la Carretera Internacional y a los dos pequeños de la ciudad, cansados, sucios y hambrientos, tratando de ganarse, con picardía, un helado.


Dos niños, menores de 10 años, insisten en hablar con las vendedoras. Toman sin permiso las servilletas del mostrador, molestan, con su presencia, a los clientes más quisquillosos de una heladería ubicada en el Centro Cuesta Nacional de la avenida 27 de Febrero esquina Abraham Lincoln.

Los pequeños huelen a sudor y sus ropas sucias muestran la pobreza de su hogar en el barrio de Villa Duarte, en Santo Domingo Este, desde donde se trasladan al rico Polígono Central del Distrito, a pedir algunas monedas.

Los traviesos pedigüeños de la avenida 27 de Febrero esquina Abraham Lincoln no se dan por vencidos, ni cuando las vendedoras amenazan con llamar a los agentes de seguridad. Insisten, tratan de hacerse los simpáticos con las chicas de la heladería, toman servilletas y cucharitas del mostrador y se las entregan.

-Voy a contar hasta diez, y después voy a llamar a la seguridad, cuando vuelvan limpios y con uniforme de escuela les voy a dar un helado-dice la vendedora.

-Bueno, ya sabemos que nunca les brindarán el helado-comenta su compañera de trabajo, molesta con los chicos que una vez más se han colado en el local.

De todos modos, los chiquillos consiguen dos barquillas, alguien se las brinda. Felices, se sientan a comer su helado. Felices, felices, ilusionados, miran la barquilla como a un juguete.

Yo los miro a ellos. Recuerdo a otros traviesos pedigüeños y desisto de hacer la crónica de viajes que he aplazado por semanas sobre la Carretera Internacional.


En esta carretera sin asfalto, de 45 kilómetros-entre Pedro Santana y Tirolí- los niños corren tras los vehículos, desesperados por alimentos, como contó Lissette Rojas en un reportaje para Clave Digital.

Tenía ganas de escribir que el viajero que se dirige a la Carretera Internacional, por Pedro Santana, en la sureña y fronteriza provincia de Elías Piña, cruza el río Artibonito y a veces le puede dar la impresión de que es un riachuelo cualquiera, un charquito sin gracia. Pero, kilómetros más adelante, la cuenca del Artibonito es un espectáculo de sonidos corriendo sobre rocas.

No es el agua lo que impresiona, es esa música del río que atraviesa ambos lados de la isla, porque acerca, como las corrientes, a pedazos de patrias perdidos de soledad.

Los pueblos haitianos están a mano izquierda-en la travesía de sur a norte- y a mano derecha duerme el suelo dominicano, deshabitado, con montañas y valles impresionantes a pesar de la deforestación. Unos pocos cuarteles del Ejército Nacional vigilan la zona.

Como llovió antes de nuestro viaje, la carretera-un camino peligroso, por el que siempre se va al borde de un precipicio- estaba atravesada por venas de agua.

No son estas, sin embargo, las impresiones que quiero dejarles ahora, no quiero que recuerden unas florecitas rojas que crecen en las montañas haitianas. Quiero dejarles, los ojos de una niña que extendió las manos para recibir alimento y luego nos dijo: “vayan con Dios, gracias”, con una expresión de alegría inmensa por recibir un poquito de comida.

A la pequeña la encontramos luego de pasar por Calavacie, un pueblo haitiano identificado con un letrero del ron dominicano Brugal, antes del cual hay una cascada que suena como la lluvia.


Pudimos llegar hasta el pueblecito porque Alicio, un campesino de Haití, nos ayudó a cruzar. El camino no desapareció próximo a Calavacie gracias a la voluntad de Alicio y a la de sus amigos. Ellos no dejaron que la carretera Internacional se volviera intransitable: con sus manos quitaron escombros y allanaron tierras.

Alicio guió por el peligroso trecho a nuestro amigo Primitivo, quien conducía la camioneta, luego de que el resto del equipo atravesara la zona a pie para que el vehículo estuviese ligero y el conductor maniobrara con facilidad, al borde del precipicio.

Cuando en Calavacie se enteraron de que llevábamos algunos alimentos, de las montañas empezaron a bajar niños, mujeres y hombres, que viven sin agua potable y con hambre, especialmente después de que terminan las cosechas de mango y con ellas el poco intercambio comercial.

Luego de pasar por este pueblo, como sucedió antes, decenas de niños se lanzaron tras nuestro vehículo, como suelen hacerlo con todos los que transitan por el lugar. Esperan tener suerte, esperan que los viajeros les den algo, una menta, un pan, dinero…

El recorrido termina en Tirolí, el último pueblo haitiano de la carretera, donde se celebra el mercado binacional, al final de la carretera de tierra. Después se llega, por una carretera rodeada de verde y asfaltada, a Loma de Cabrera, un pueblo de la República Dominicana.

Pero antes de entrar en Tirolí, ya sin nada que dar, dos niños haitianos que alcanzaron a ver nuestra camioneta, se hincaron y abrieron los brazos. Esperaban, como de cada automóvil que cruza por su lado, el milagro de un poco de comida.

Piensen en estos dos niños hincados en la Carretera Internacional y en los dos pequeños de la ciudad, cansados, sucios y hambrientos, tratando de ganarse, con picardía, un helado.

Esos traviesos de Villa Duarte me recordaron a algunos niños haitianos que en la Carretera Internacional trataban de esconder, a veces con una mano en la espalda de sus cuerpecitos desnudos, la merienda que les entregaban los viajeros, para que les dieran otra ración.

En principio me enojé con ellos, luego, les guiñé el ojo. Qué más da, que estos traviesos conserven la alegría de una travesura, una travesura para olvidar el hambre.


Nota: Un grupo de gente muy solidaria donó alimentos, ropa y juguetes para los niños de la Carretera Internacional. Acompañé a quienes llevaron las donaciones

domingo, 2 de agosto de 2009

Nosotras en Antigua, Guatemala




Una caribeña camina por Antigua y tiene frío, aunque la temperatura de la ciudad es de sólo 23 grados. Salió del hotel Las Farolas, una casona con un patio alegre de verde.

Camina por las calles de adoquines y mira unas montañas rodeadas de neblina y de nubes. El cielo también se encarga de recordarle que ha dejado el Caribe. Ese sol que apenas calienta y ese azul blanquecino son preciosos, pero sus ojos tienen que acostumbrarse a ellos. No los reconoce.

Se detiene en los detalles de las casas coloniales y busca vistas panorámicas para no perderse de regreso al hotel. Luego se entretiene en una tienda de artesanías donde un anciano maya, pequeñito, con su bastón de rey, intenta mirar el futuro. Desde el estante donde está colgado sólo ve finos manteles y regalos para turistas.
Los propietarios de estos negocios no son indígenas, le dirán después a la caribeña.



Ahora pasea por debajo de un balcón. Una mujer indígena, vestida con un traje típico, le habla: “cómpreme algo, son ocho quetzales, no he vendido nada seño”. La caribeña no sabe qué hacer. La artesanía es preciosa, pero todavía no ha visto muchas tiendas, ni ha ido al mercado. Tampoco le gusta la idea de que quien venda, ruegue, pero ¡este ruego es tan estremecedor!

Se impresiona, pero tiene poco dinero, así que fiel a su costumbre, regatea y regatea hasta que compra unos collares. Entonces se ve rodeada de vendedoras, una de ellas carga a un niño en la espalda. Todas quieren venderle algo. Todas han caminado kilómetros para vender sus muñequitas indígenas, sus quetzales de plata, sus piedras volcánicas. “Adiós”, se despide la caribeña que camina a encontrarse con unos amigos en una posada muy elegante. Quien sirve es una mujer indígena, mestiza tal vez.

Más tarde irá al mercado de artesanías: Una plaza con dos patios-al menos eso cree- cada uno con una gran fuente que sirve de florero. Un espectáculo para dar aún más vida a un mercado donde las telas reviven los colores de milenarias alegrías.

La caribeña sólo quiere mirar la artesanía, pero una niña le llama la atención. Es vendedora en una tienda y tiene, según cuenta, unos 12 años. Conversan sobre Guatemala y sobre el Caribe. La niña quiere saber y la caribeña también, así que después de explicar que en su país sólo se habla español, no como aquí que hay al menos otras 20 lenguas, la mujer-que desagradable son los turistas-interroga a la niña.

-¿Estudias?
-No, ya no voy a la escuela “seño”-dice con esa humildad que a la caribeña le parece excesiva, pero que en boca de una niña parece tierna.

-¿Hasta que curso estudiaste?

-Hasta quinto, ahora trabajo-dice la chiquita, que antes de que llegara la caribeña conversaba con una mujer de la etnia de origen maya quiché quien teje a mano un mantel. Ella es propietaria de un pequeño espacio en el mercado. Como muchas mujeres indígenas de Guatemala, a penas sabe leer.

La caribeña le comentó a la tejedora sobre las mujeres que deambulan vendiendo artesanías y ella le habló de los caminos a pie, de los asaltos, de los abusos a los que se exponen las mujeres que salen cada día a ganarse el pan en una ciudad muy segura y tranquila, pero demasiado cara para ellas. Sobre todo le habló de los días en que no venden nada.

Como los turistas, como la caribeña, ellas aquí sólo están de paso. La caribeña disfruta y ellas sufren la ciudad turística. Al final del día, les espera la pobreza de sus aldeas.



Es tarde y hay que regresar. Fuera del mercado: canciones y baile, una gran feria. Los últimos vendedores recogen sus trastos y cierran sus negocios.La plaza también tiene puertas que se cierran con candados y cadenas. En cada puerta hay policías.

La caribeña está extraviada y no encuentra a sus amigos, entra y sale de la plaza. Para ella el policía abre las puertas. ¡No se preocupe, para usted está abierta! dice el agente que sabe que la caribeña anda con otros extranjeros.
Los indígenas se marchan a sus pueblos y aldeas. La caribeña a un lindo hotel, una casona antigua, con un patio alegre de verde.

Fotos. 1. Mercado de artesanías. 2. Mujeres caminan por Antigua. 3.Coche, en el que se ofrece a los turistas el servicio de tours. La primera foto es cortesía de mi colega costarricense Ruth Piedra. Las otras dos imagénes son cortesía de Danilo Antúnez, periodista hondureño.

viernes, 3 de julio de 2009

Buenas Nuevas


Mientras descansas este fin de semana, un grupo de personas se dirige a la frontera a compartir comida y cariño con niños pobres de la carretera internacional, un ecologista destina parte de su día de descanso a explicar a una reportera las razones por las cuales hay que rescatar un ecosistema vulnerable y algunas familias amigas tratan de entenderse, de recuperar el cariño perdido. Un hombre ama a una mujer y la acompaña en su libertad.

Esas son las buenas noticias que puedo darles desde mi pequeño entorno. Claro, podría informarles de muchas malas nuevas y viejas, tantas que llenarían todo el internet. Pero, quise variar para no morir de desesperanza, y de oscuridad (creo que ya no voy a poder pagar la factura de la luz).

jueves, 26 de febrero de 2009

Un pájaro carpintero anda perdido por la ciudad

Un día terrible: enferma, sin leer ni trabajar. Toda la tarde en la cama. Enojada. No puedo revisar mi reportaje. Pienso que tal vez no quedó completo, ni bien escrito. Me volvió a dar la enfermedad de la angustia del día de cierre. ¡Qué mal! Ya no hay nada que hacer. El periódico a tiro de hit y apenas me puedo levantar.

En la noche, con menos fiebre, anestesiada por las pastillas, me decido a salir de la habitación y paseo mi mal humor por los muebles de la casa, frente a la televisión. Mi hermano habla por teléfono, mi tía me acompaña a mirar la gran bicha y mis sobrinos lucen tranquilos, algo extraño. ¡Qué aburrimiento!

Y de repente vuela en la sala un pájaro negro. ¡Ahhh! gritamos a coro. Yo grité con histeria porque pensé que era un murciélago, pero se trataba de un carpintero. Aclarada la identidad del visitante, nos calmamos, sólo un poco.

La avecilla despistada volaba de forma errática por toda la casa, sin que nadie se atreviera a tocarla. Se chocaba con las paredes, se estrellaba contra las persianas y se quedaba tranquila por segundos hasta que volvía a volar y nosotros a cambiar de lugar... a dejarle la sala, a refugiarnos en el balcón.

Pasaron unos minutos antes de que reparara en lo cómico de la situación, acusara a mi hermano de ser un cobarde que no podía ni agarrar a un carpintero y estallara en carcajadas.

Cansado de tanto alboroto, nuestro visitante se refugió en la habitación de mi hermano y de ahí, voló hacia la calle. Ahora, estoy preocupada. Luego de su partida empezó a llover a cántaros. Me pregunto si el carpintero ha llegado a su hogar. Quiero que vuelva, que se quede en cualquier rincón de esta casa. Pero es tarde, no fuimos buenos anfitriones.

Si un carpintero atolondrado visita su casa le pido que no lo eche, ni se asuste. A lo mejor necesita un refugio, mientras encuentra su hogar. Acójalo, es un favor que le pido, porque ayer este carpintero me salvó el día. Hoy, de vuelta a la vida, le mando un saludo de sol.

P.D. Nunca tengo a mano una cámara cuando se necesita.

domingo, 11 de enero de 2009

¿Llegará mi carta?



Con tanto lío y tantas tristezas no había podido contarles mi encuentro cercano con el correo nacional, pero aquí les va.



RIAMNY.- Señora, ¿es que ya no pesan las cartas?, pregunté con seriedad, como una adolescente a una bibliotecaria, mientras le daba el dinero.

OFICINISTA. -Sí, joven, es que aquí se robaron la balanza. Cuando llegué esta mañana ya no estaba.




Siempre he tenido una idea romántica de las oficinas de correo. Cuando era adolescente me encantaba ver los sellos, los oficinistas que parecen encerrados en un mundo de secretos de enamorados y sí, ríanse, la balanza donde se pesan las cartas. En parte por esa fascinación envié varias cartas a una amiga de Tamayo y a un amigo que residía en Puerto Rico.

El pasado 30 de diciembre, fui, luego de años de ausencia, al lugar de mis nostalgias: necesitaba enviar una carta a España y llegué a la oficina de correo ubicada en la avenida 26 de Enero de Los Mameyes, en Santo Domingo Este, como quien regresa a la casa materna. Estaba ansiosa y feliz.

Por un momento todo fue como lo había imaginado… La oficinista taciturna, el silencio, los archivos…

Pero, una vez entregada la carta, espere unos minutos a que pusieran mi sobre en la balanza. No había balanza. Entonces, palabras más, palabras menos, la oficinista y yo tuvimos esta conversación:

OFICINISTA. -Son 55 pesos.

RIAMNY. - Señora, ¿es que ya no pesan las cartas?, pregunté con seriedad, como una adolescente a una bibliotecaria, mientras le daba el dinero.

OFICINISTA. -Sí, joven, es que aquí se robaron la balanza. Cuando llegué esta mañana ya no estaba.

RIAMNY . -Pero, ¿cómo se la robaron?

OFICINISTA. -No sé, parece que entraron los ladrones en la noche.

RIAMNY. -Ah, ¿y forzaron las ventanas?

OFICINISTA. -No vi nada forzado, pero esas ventanas son muy fáciles de abrir, usaremos la bóveda de ahora en adelante.

RIAMNY . -Ah…¿Por eso usted le estaba como tomando el peso a mi carta con las manos?

Ella asintió. Y me marché un poco desilusionada. Pensé que el gesto de alzar delicadamente la carta, era, no sé, parte de la atmósfera romántica del correo, no una necesidad impuesta por los ladrones.


P.D. Dedico este escrito al Instituto Postal Dominicano, con cariño. Y ruego al Señor que mi carta llegue a su destino.

sábado, 25 de octubre de 2008

Humanidad



Altagracia es una trabajadora doméstica de 50 años de edad que cada tarde debe subir decenas de escalones empinados para llegar a su casa, uno de los ranchos de un miserable caserío en la zona más pobre del sector Los Ríos, en la Capital.

Me imagino a esta cincuentona en su casita, luego de trapear y planchar ropas en varios apartamentos. Supongo que, como la mayoría de las mujeres dominicanas, hace la cena, regaña a los hijos adolescentes, consuela a una vecina en problemas, llama a su mamá por el teléfono celular que se ha comprado con sacrificios…y al final de la jornada, tal vez le quede tiempo para los mimos de los muchachos y para coquetearle al marido.

Doña Altagracia es hiperactiva. Desde las 8:00 de la mañana corre de casa en casa y algunas veces no desayuna. Quizás por esa razón, tal vez por las tensiones acumuladas, los años de trabajo y las tristezas de la vida, una de esas mañanas calurosas, cuando el sol se empeña en comernos vivos, se mareó en una de las viviendas donde se gana el pan, el salami y los huevos de cada día.

La dueña de la casa le hizo una sopa de ajo, le masajeó el cuerpo, le regañó por su mala costumbre de no comerse el desayuno que con tanto cariño le prepara y se quedó preocupada porque no pudo comunicarse con la empleada doméstica. No encontraba su número de teléfono.

Cuando su hija llegó del trabajo, le ordenó, con la autoridad que conservan las madres durante toda la vida, que localizara a Altagracia. Como la hija se entretenía en nimiedades, le reclamó con dulzura por el tiempo que tardaba en comunicarse con esa Altagracia “que como sea me ayuda en algo, no mucho”…

Y, la hija, que no se mete en los líos de la Mamá y Altagracia, “porque ellas se entienden”, no le dio importancia al comentario sobre el trabajo de la mujer y finalmente la contactó por el celular.

Las doñas conversaron. La Mamá regañó a Altagracia otra vez. “Te vas a morir”, “Llámame mañana, no vengas” le decía constantemente. Luego, le recordó a su hija que quiere a esa mujer que ha trabajado con ella durante años. Le dijo, como para darle una lección, que aunque no la conociera, se habría preocupado porque “hay que tener humanidad”.

Y yo, que andaba de visita en aquella casa y que sólo conozco a Altagracia por la conversación entre la madre y la hija, también entendí la lección.

Me he quedado con el recuerdo de Altagracia y ahora pienso en las Altagracias que han pasado por mi vida…y reflexiono sobre el hecho de que nunca les hice el desayuno.

Entiendo cabalmente lo que significa tener humanidad porque un ejemplo vale más que mil ensayos o que cien discusiones en la universidad. ¡Qué discusiones tan geniales! Pero, ¿cómo se llamaba el conserje que servía el café?

Fuente de la imagen: www.wikipedia.org

domingo, 28 de septiembre de 2008

Lo mejor de todos, sin himnos nacionales



Muertos de risa, en el encuentro había fantasmas de matemáticos sabios, libertarios empedernidos, presidentes capaces de inventar buenas políticas de seguridad social (¿por qué no resucitamos algunos?), escritores fascinantes y músicos que creaban el mundo con sonidos.


Por instantes, podíamos inventar un país ideal con lo mejor de la historia y del presente de cada nación. Las bibliotecas iraquíes, el vino francés, la diversidad y el blues de los Estados Unidos, la pintura y el espíritu de libertad de Haití, la comida española, los músicos de rock ingleses, el mar dominicano…

Una reunión memorable, donde todos éramos ciudadanos del mundo. Los presentadores hablaban de sus países, casi siempre resaltando lo positivo y sin los himnos que nos mandan a matar a los extranjeros si se pasan de la raya.

Los representantes de cada patria nos dejaron el gusto por visitar a todo el planeta (¡Quiero ver el mar de Portugal, ya!) durante un encuentro el sábado 20 de septiembre en el Centro Bonó, patrocinado por el Servicio Jesuita a Refugiados y Migrantes. Había en aquellas presentaciones amor por cada país sin nacionalismos peligrosos.

Me sentía en la famosa aldea global, hasta que escuché el himno nacional más hermoso del mundo (el dominicano, como comprenderán) al inicio de la disertación sobre mi país y por primera vez no me gustó oírlo.

Lo canté después del encuentro y comprobé que me sigue llenando de emoción, sólo que en ese momento pensé: ¡tan bien que estábamos aquí, sin estas historias de guerras y orgullo!

P.D.Les recomiendo ver el video. Jorge Drexler es un cantautor uruguayo que a partir de la realidad de judíos y palestinos, nos da luz sobre el tema de los nacionalismos perversos. El título de la canción es "Milonga del Moro Judío".

martes, 4 de marzo de 2008

La patria es un mundo desconocido



Las patrias son mundos amplios y desconocidos, incluso en esta isla pequeñita, compartida por dos países envueltos en un tiempo circular, más circular que el que vivió Aureliano Buendía en Macondo.

Entre la “laptop” y el último programa informático me llega el apagón, como hace 20 años le llegó a una mujer intentando escribir una carta en su máquina Olimpia, y me resigno a no seguir trabajando.

Luego pienso que tengo suerte. Quienes estamos entre el apagón y la computadora vivimos en una burbuja de cristal, en el lado más frío del infierno, en la parte dulcemente surrealista de nuestra tardía modernidad o en la esquina rota de la posmedernidad…

El Siglo XXI ha encontrado sin letrinas a ciertas cuadras de los barrios de la zona norte del Distrito Nacional. Allí la preocupación no es el último virus informático, si no la lluvia que llevará inundaciones cargadas con lo que todavía la modernidad no arrastra en sofisticadas tuberías inventadas antes de que fuéramos “modernos”

Retomando el tema…la patria es esta familia, estos afectos, el arroz con habichuelas, la foto de Duarte, un parque en un pueblo bullanguero.

El callejón sin letrinas no es mi imagen de patria, ni el callejón de Guachupita donde vive una mujer sola, viendo pasar los días en una casa echa de viejos bloques, zinc y milagro y no creo que esté en los lindos apartamentos de la avenida Anacaona…

La patria tampoco es la sucia esquina de la “Duarte con París”. Nunca he pensado en esa patria al escuchar el himno…no lo sé, la patria es una bandera, un himno, una historia memorizada como un cuento de malos y buenos-de los que todos somos herederos, naturalmente los malos no dejaron nietos- y varios himnos.

¿De donde soy realmente? De la patria menos terrible que Guachupita, menos encantadora que Gazcue…

La memoria es dulce. Mi patria está llena de alegres cenas familiares en casas de amigos y parientes. Pero vengo de un pueblecito donde la emigración de mujeres a España para sobrevivir, junto al machismo de los hombres, nos ha llenado de cenas tristes; de adolescentes que la escuela apenas ha podido alfabetizar, pidiendo la felicidad con celulares y joyas comprados con “sangre, sudor y lágrimas” en el otro lado del charco. Pobres niños que por “chatear” creen que manejan una computadora, aparato que rara vez utilizan para producir conocimiento, soñando con ser obreros en Europa.

Algunos días la patria es una bandera que representa un mundo desconocido aunque lo vea una y otra vez, una serie de recuerdos selectivos y la excusa perfecta para grandes consignas que pensándolo bien, no han alcanzado ni para hacer los sanitarios que faltan…