sábado, 25 de octubre de 2008

Humanidad



Altagracia es una trabajadora doméstica de 50 años de edad que cada tarde debe subir decenas de escalones empinados para llegar a su casa, uno de los ranchos de un miserable caserío en la zona más pobre del sector Los Ríos, en la Capital.

Me imagino a esta cincuentona en su casita, luego de trapear y planchar ropas en varios apartamentos. Supongo que, como la mayoría de las mujeres dominicanas, hace la cena, regaña a los hijos adolescentes, consuela a una vecina en problemas, llama a su mamá por el teléfono celular que se ha comprado con sacrificios…y al final de la jornada, tal vez le quede tiempo para los mimos de los muchachos y para coquetearle al marido.

Doña Altagracia es hiperactiva. Desde las 8:00 de la mañana corre de casa en casa y algunas veces no desayuna. Quizás por esa razón, tal vez por las tensiones acumuladas, los años de trabajo y las tristezas de la vida, una de esas mañanas calurosas, cuando el sol se empeña en comernos vivos, se mareó en una de las viviendas donde se gana el pan, el salami y los huevos de cada día.

La dueña de la casa le hizo una sopa de ajo, le masajeó el cuerpo, le regañó por su mala costumbre de no comerse el desayuno que con tanto cariño le prepara y se quedó preocupada porque no pudo comunicarse con la empleada doméstica. No encontraba su número de teléfono.

Cuando su hija llegó del trabajo, le ordenó, con la autoridad que conservan las madres durante toda la vida, que localizara a Altagracia. Como la hija se entretenía en nimiedades, le reclamó con dulzura por el tiempo que tardaba en comunicarse con esa Altagracia “que como sea me ayuda en algo, no mucho”…

Y, la hija, que no se mete en los líos de la Mamá y Altagracia, “porque ellas se entienden”, no le dio importancia al comentario sobre el trabajo de la mujer y finalmente la contactó por el celular.

Las doñas conversaron. La Mamá regañó a Altagracia otra vez. “Te vas a morir”, “Llámame mañana, no vengas” le decía constantemente. Luego, le recordó a su hija que quiere a esa mujer que ha trabajado con ella durante años. Le dijo, como para darle una lección, que aunque no la conociera, se habría preocupado porque “hay que tener humanidad”.

Y yo, que andaba de visita en aquella casa y que sólo conozco a Altagracia por la conversación entre la madre y la hija, también entendí la lección.

Me he quedado con el recuerdo de Altagracia y ahora pienso en las Altagracias que han pasado por mi vida…y reflexiono sobre el hecho de que nunca les hice el desayuno.

Entiendo cabalmente lo que significa tener humanidad porque un ejemplo vale más que mil ensayos o que cien discusiones en la universidad. ¡Qué discusiones tan geniales! Pero, ¿cómo se llamaba el conserje que servía el café?

Fuente de la imagen: www.wikipedia.org

2 comentarios:

Juan Nicolás Tineo dijo...

Hola, esto me parece una anécdota, pero tienes material par un buen cuento.
Saludos

Itania dijo...

Es un hermoso relato lleno de humanidad. Sé que a pesar de la realidad mezquina, hay muchas doñas con sus altagracias.
Yo no soy doña...pero gracias a Dios, he preparado uno que otro desayuno y/o almuerzo.