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domingo, 7 de agosto de 2011

Una historia de niñas y mujeres



La novela infantil "The Very Little Princess" ("La Princesa pequeñita") cuenta la historia de una niña que vivía solo con su mamá hasta que fue a la casa de su abuela, a quien nunca antes había visto. En la residencia de la abuela materna encuentra una muñeca que ha estado en la familia por generaciones. Así nace la amistad entre la niña y la muñeca que, en principio, actúa como si fuese una princesa.

La compleja relación entre hija y madre, las inseguridades de una mamá que aun no está lista y tiene que reencontrar su identidad alejándose de su niña, la ausencia de figuras masculinas, las discusiones familiares no planteadas pero sugeridas en las palabras no escritas...todo está en la obra y se transmite desde las experiencias y emociones de una pequeña y su muñeca a través de una narradora activa que le habla a la lectora y al lector.

La técnica narrativa de Marion Dane Bauer en esta obra, y creo que en parte gracias a esta narradora que nos hace guiños, es ágil y divertida.

Linda historia para adolescentes, interesante para adultas y adultos que todavía son capaces de darle vida a las muñecas guardadas en los baules familiares.

P.D. Esta ha sido una de mis lecturas más tiernas en los últimos meses (ya la necesitaba, con tanta política, economía e inglés especializado). El libro lo encontré en una librería dominicana y no existe o al menos no ha llegado al país ninguna versión en español, una lástima.

domingo, 9 de mayo de 2010

La Matrioska caribeña






La diseñadora María Teresa Olivo ha creado esta matrioska caribeña y mulata. Sin permiso de la artista, la muy coqueta nos hace un guiño para recordarnos que en el arte y en la vida, todo lo humano se encuentra.

Como toda caribeña, nuestra matrioska tiene un espíritu viajero. Hace una semana se fue a Rusia a visitar a una de sus hermanas europeas que conoció por chat. Le contó del mar de Santo Domingo, del terrible sol y de las nubes que no lo respetan y se atreven a llover en su presencia. Insolentes.

Si como leo en la Wikipedia, es cierto que las matrioskas no nacieron en Rusia, sino en Japón, entonces, no sé, tal vez se encuentren la caribeña y la rusa con una abuela matrioska oriental y contemplen juntas la nieve.

De regreso a Japón, la venerable abuela nipona tendrá muchas cosas que contar a sus nietos y les recitará un nuevo poema. Conociendo a la matrioska caribeña, sé que declamará a sus amigas “Un son para Niños Antillanos”, ese que Nicolás Guillén escribió para los pequeños de las islas comparonas, las que tanto se parecen y ni se saludan unas a otras, cada una ensimismada en su pedazo de mar.

lunes, 15 de febrero de 2010

Jacques Roumain y su Haití de la esperanza


“Nos moriremos todos”… dice la vieja Delira y con su voz triste, de quien ha trabajado mucho y al final de sus años habita en la pobreza más devastadora, empieza la novela Gobernadores del Rocío, del haitiano Jacques Roumain.

Delira muere de desesperanza, pero la llegada de Manuel, su hijo, quien fue bracero en Cuba, cambia su vida y la de toda una comunidad de agricultores que ya no pueden sembrar porque la tierra se degradó hasta convertirse en polvo inerte: no hay agua, no caen las lluvias.

Quince años sufrió la vieja Delira sin ver a su hijo, que un buen día llegó lleno de ideas. Ahora, su muchacho se propone llevar agua al poblado, por eso se interna en el monte en busca de fuentes, de arroyos subterráneos.

Para lograr que el agua llegue, todos los campesinos deben colaborar, pero a su ideal de unidad se oponen viejas rencillas de las que son responsables patriarcas muertos que heredaron a los vivos sus viejos odios.

La tarea de Manuel, y también la de Delira que se involucra en los planes de su hijo, es romper esa cadena de odios, llevar el agua y salvar al pueblo.

No será fácil llevar esperanza a esos viejos campesinos, tampoco unir a los vecinos de esta historia que nos permite conocer un poco, a través de los ojos de uno de sus grandes escritores, a Haití, que tanto necesita de esperanzas, un mes después de que un terremoto devastara Puerto Príncipe y otras ciudades.

Haití es el país del arte que se hace de la nada: cualquier lata desechable, cualquier yaguacil o tronco viejo se vuelve un mundo en manos de su gente.

Con sus artistas y sus Manuel y sus Delira, Haití construirá un paraíso de las cenizas. Es lo que aprendí de Jacques Roumain, es la esperanza que nos deja Gobernadores del Rocío, no sin antes embriagarnos de tristezas.

Haití es el pueblo que no se da por vencido. A los dioses no les quedará más remedio que concederle la felicidad.

sábado, 23 de enero de 2010

El secreto de las hadas




La tía quería divertir al niño, sacarle sonrisas a una cara que ese día estaba demasiado seria. (A veces parece que ese niño se anticipa al futuro, la tía le hace cosquillas, le devuelve al presente) Ella empezó a contarle cuentos y a crear con su voz los seres mágicos que se escondían entre las ramas del framboyán que toca el balcón de su apartamento.

El niño no veía a las hadas. Le explicaba a la tía, que entre las ramas había pequeñas aves, no mujeres diminutas. La tía vio al pequeño tan serio que volvió a insistir, mientras creaba un cuento que no debe ser contado a nadie más, porque es propiedad de ese sobrino de cuatro años. Es sólo para él, para sus recuerdos, para el futuro, por si alguna vez la vida le abruma y busca en sueños a las hadas que ahora no quiere mirar.

Al cabo de un tiempo, el pequeño empezó a ver a las hadas, a señalar las mujeres azules, verdes, violeta, que se movían entre las ramas. Ambos fueron felices, él le regaló unos minutos de fantasía, creyó para ella.
La tía le regaló polvo de hadas para protegerlo de la tristeza, para que cuando sea mayor no tenga que conjurar los pesares buscando mujeres diminutas entre las ramas de los árboles.

En el vestido de un hada, la tía vio algo del futuro o tal vez muchos futuros posibles. Sólo cuenta que había una anciana sola y triste a la que un joven visitaba con flores de un framboyán, las flores eran de un naranja intenso y el muchacho, alegre, las depositaba en un jarrón de mariposas.

Luego, al pie del framboyán, ella charló durante horas con esas mujeres. Sólo sé que les pidió que nunca, nunca dejaran solo al pequeño. Les prometió que cuidaría del árbol y les dijo que si hacía mucho frío, durante las noches, las hadas bebes podían alojarse en su cabellera.

domingo, 10 de enero de 2010

El hada del Brasil




Hace varios meses encontré un hada que vive en Brasil desde los tiempos de la Colonia. Se trata de una moura gallega, que según el libro Leyenda de Hadas de Alejandra Ramírez Zarzuela, emigró a América porque el diablo quería atraparla para robarle sus secretos.

El hada era muy sabia y se transformaba en serpiente. Con esa forma, llegó al Brasil en un barco, cuenta la leyenda.

Para evadir al demonio, decidió alojarse en una iglesia hasta que el enemigo la olvidara. Pero, el hada se enamoró del cura del templo y de ahí nació una historia de amor que hizo a la dama desistir de su empeño de volver a Europa.




Siempre he sentido deseos de ser invitada a una fiesta de hadas, aunque temía que-como las hadas son europeas- las diferencias culturales, incluido el idioma en algunos casos, me dificultaran el pleno entendimiento con estas mujeres que hacen florecer jardines, crean felicidad o se ven envueltas en raras y apasionantes historias de amor con hombres de nuestra especie.

Ahora sé que en Brasil y gracias a la vocación de migrantes de los latinoamericanos, regados por América y el mundo, hay hadas y descendientes de hadas mezclados con ciguapas, brujas, duendes, humanos soñadores y seres mágicos de todas partes del universo.

Me he enterado de que todos ellos se reúnen en el centro de la tierra cada año y comparten sus experiencias, los nuevos trucos de magia y bendicen a las criaturas nacidas de toda clase de mestizajes. Es la fiesta más alegre de todas cuantas se hacen en el universo y en ella es invitada de honor la moura gallega que inició la historia.

Dicen que no dicen el secreto a todos los humanos porque temen que las personas arruinen su felicidad con clasificaciones, estructuras y jerarquías que destruyan su mundo lúdico.

Yo estoy esperando mi invitación, como puedo convertir el aire en recuerdos de lo que nunca ha ocurrido, creo que tal vez soy una descendiente lejana de esos mestizajes.

Nota: En la leyenda original que recoge Alexandra Ramírez Zarzuela (Editorial Libsa, 2008), el cura es seducido-luego de tratar por todos los medios de vencer la tentación- por la moura. Cuando ellos despertaron de una siesta, tras hacer el amor, un gran terremoto había azotado el país.

Imagen: Baile de las hadas, por Nils Blommér

jueves, 3 de diciembre de 2009


domingo, 22 de noviembre de 2009

Con Lorca en el corazón

Amigos en los libros

En estos días, a cada rato, como dicen en el Sur, me llega a la cabeza un personaje o un verso de García Lorca.

El Romancero Gitano encandiló mi adolescencia por la descripción de una escapada amorosa en el poema La Casada Infiel.

“(…) Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua me
sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río”

Después me encontré con La Casa de Bernarda Alba, ese drama en el que una madre castra las ansias de libertad de sus hijas, aferrada con fanatismo a las convenciones sociales y a los dogmas de la religión.

Muchas veces quise entrar en aquellas paredes para rescatar a las damas que morían de falta de libertad.

Simpaticé con Adela, quien con su traje verde, se rebeló contra el riguroso luto que le obligaban a llevar. Quise invitarla a beber cerveza en un colmadón, a visitar una biblioteca o al parque Colón a conversar sobre los hombres o la ausencia de ellos.

En ese entonces era demasiado ignorante, por eso pensé que podía trascender las épocas y sacar a todas las, tristemente vírgenes, de la casa. De paso, quise que fueran amigas de las criadas para librarlas del clasismo y traerlas a la vida.

No pude. Ellas siguen ahí en esas paredes, aunque sospecho… no sé, que cuando Bernarda, la madre infernal , se va a la cama, las muchachas salen por el pueblo que describió Lorca y se bañan desnudas en los campos, con agua de los pozos. Olvidaron las ideas de su madre, una mujer atrapada en sus ritos, atada a la tradición.

Bernarda: Eso tiene ser mujer

Magdalena: Malditas sean las mujeres.

Bernarda: Aquí se hace lo que yo mando. Ya no puedes ir con el cuento a tu padre. Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón. Eso tiene la gente que nace con posibles.

Lejos de los días en que perdían el tiempo en conversaciones como esta, ahora ríen en las madrugadas. Adela, la menor, muerta luego de su gran rebeldía, luego de amar, cuida desde el cielo los paseos de sus hermanas y mantiene dormida a Bernarda durante toda la noche.

Atrás quedaron las rencillas entre las hermanas, pues en mi sueño son grandes amigas y cada una ha encontrado el amor. Sin contratos, sin prisiones. Mientras Bernarda duerme, sus amantes las encuentran desnudas por los campos y los vecinos del pueblo escuchan, entre sueños, sus gemidos.

Video: Ana Belén canta las letras del poema Herido de Amor de García Lorca

lunes, 28 de septiembre de 2009

Eternamente viejos



En un bosque inmenso de cerezos y limones, la niña se convertía en astronauta. Viajaba a la luna en burbujas de jabón. Suspendida en el espacio, miraba al lugar donde empezaba el cielo, detrás de una pared de zinc.

Alrededor, un vecindario de casas de madera, donde llovía una vez cada año: cuando unos tíos eternamente viejos hacían fiestas con grandes mesas y golosinas en una sala que parecía de museo.

Cada visita duraba tiempos infinitos. Los tíos se quedaban atrapados por el único aguacero que caía en el pueblo. Dormían en la sala, por cualquier rincón.

Cada año que regresaban, el bosque de la niña era más chico ella se acercaba más en sus paseos hasta el lugar donde empezaba el cielo.

Un día, la niña partió a un sitio desconocido. Pasaron los siglos y las distancias.

Ahora los dioses la han regresado como una tía eternamente vieja a la antigua casa. No encontró el bosque: sólo cinco árboles de cereza y dos limoneros. No hay burbujas de jabón. El cielo no existe.

domingo, 23 de agosto de 2009

Una compañera para ir al País de Nunca Jamás





1. “(…) el País de Nunca Jamás es siempre más o menos una isla, con sorprendentes manchas de color aquí y allá; y arrecifes de coral y naves que parecen volar a lo lejos; y salvajes y guaridas solitarias; y gnomos que son casi todos sastres, y cuevas por las que pasa un río; y príncipes con seis hermanos mayores; y una cabaña a punto de desmoronarse; y una anciana muy pequeña con la nariz torcida”


Hace tiempo que busco a una amiga para que me ayude a encontrar la ruta que conduce al País de Nunca Jamás. Quiero decirle al descarado de Peter Pan que venga a buscar su sombra. La dejó hace muuuucho tiempo colgada en mi ventana, creo que fue cuando viajamos a su Isla, que en ese entonces estaba lejos, lejos… después del Malecón de Santo Domingo.

Recuerdo que ese día nuestra amiga Wendy no quiso acompañarlo y el hada Campanita se hizo la despistada. Así que fui con él. Volamos por el Malecón. Los pescadores se asustaron y dijeron que dos muertos rondaban por la ciudad. Peleamos contra un monstruo malvado que no quería dejarnos entrar en la Isla y cuando lo vencimos, bailamos el Baile Divertido hasta que llegó el eclipse de luna. Luego, regresamos a la ciudad, Peter me dejó en mi casa y nunca más he vuelto a verlo.

Hace algunos meses invité a Wendy a esta aventura. Wendy es valiente, pero ya no recuerda a Peter Pan, ha crecido demasiado. Yo, como no dejé que pasara el tiempo en mi lado izquierdo, todavía sueño con él, aunque ahora uso tacones y traje sastre para ir al trabajo, uff ¡qué palabra más cansona!.

Desde entonces he intentado encontrar la ruta para llegar a la Isla por mi cuenta. No he podido. Ni volando por el mar de Santo Domingo, ni encogiéndome hasta caminar por las letras del libro de un duende llamado James Matthew que he recuperado para mi ventana mágica.

Sin embargo, conservo la esperanza. Hace dos día descubrí a una niña que, a lo mejor, me puede ayudar. Se llama Ashley, tiene cuatro años y es amiga y compañera de estudios de mi sobrino Cristopher.

“Ashley es chiquitita, pero valiente”, me dijo Cristopher, mientras teníamos una seria conversación sobre sus amigos del Kínder. Ashley dio muestras de su valentía cuando defendió a Cristopher de un niño que le mordió en el brazo.

Sólo conozco a la valiente -Cristopher dice que no le llame princesa sino niña- por fotos y por comentarios. Creo que ella es la chica indicada para descubrir la ruta que me lleve a Nunca Jamás. Pienso que con gusto me acompañará a devolverle su sombra a ese descarado. Me imagino que ha pasado muchos años buscando la sombra por todas partes.

Le diré a Ashley que pasemos unas vacaciones en la Isla. Tengo que apurarme, antes de que ella crezca, no vaya a ser que se convierta en una chica seria y sofisticada como la insoportable de Wendy.


1. (Barrie, J.M, Peter Pan, Santillana, 2006. Traducción de Gabriela Bustelo).

-En el libro, la sombra de Peter Pan se despega y Wendy le ayuda a recuperarla.

domingo, 12 de julio de 2009

El hombre que le quitó la alegría a la ciudad





Para el administrador de Galerías Comerciales Naco, Genaro González García, sometido a la Justicia por Medio Ambiente por envenenar cuatro árboles de framboyán.

Era un hombre tan triste que había olvidado como llorar. Se enojaba con la belleza de las flores y asesinaba, en secreto, a los árboles que cada año llenaban de un rojo cálido el aire de la ciudad.

Los árboles de la felicidad lo conocían y temblaban ante su presencia. Nadie los cuidaba de la mano que, aprovechando la falta de iluminación de las calles de Santo Domingo, les quitaba la vida o los dejaba tan heridos que nunca más volvían a ser los mismos.

Por temor al asesino de árboles de la felicidad, las pobres plantas decidieron un día dejar de florecer en Santo Domingo. Las mayores transmitieron a las pequeñas la decisión que había tomado el gran consejo: ninguna florecería en la Capital.

Cuando llegó la estación de las flores, los árboles estaban secos y marchitos. Pero si las personas hubiesen podido mirar por debajo de las raíces, se habrían enterado de que las plantas regalaban sus flores a los insectos terrestres que agradecidos les hacían una fiesta a las flores.

El asesino de los árboles de la felicidad lloraba a cántaros. No sólo porque no tenía árboles a quienes matar, oficio con el que le había dado sentido a su vida, sino también porque descubrió de pronto, que las flores a las que odiaba, eran la única alegría que le quedaba en la vida.

Y lloró. Pero los árboles que sólo oyen a las personas a través de las flores no lo escucharon y nunca más volvieron a llenar el aire con su cálido color que dejaba destellos de alegría que duraban todo el año. Desde entonces, Santo Domingo es la capital más gris de América.

Foto: Árbol envenenado por el comerciante en la avenida Tiradentes, enviada por Medio Ambiente.

miércoles, 24 de junio de 2009

El niño que se enojó con Dios




Papa Dios se había portado muy mal. Así que el Niño estaba enojado con ese viejo barbudo y todopoderoso pintado en el cuadro del Gran Poder que desde lo alto de la pared, casi en el techo, vigilaba la sala de la casa.

Fue la Madre quien primero le alertó de las travesuras del viejecito bondadoso, que ejercía su arbitraria autoridad para traerlo de nuevo al redil, castigándole por sus malcriadezas.

-Critopher, Papá Dios te va a volver a castigar-dijo la Madre cuando el niño, en un alarde de libertad, le pidió a una Tía empalagosa que lo dejara en paz, mientras se zafaba de un abrazo no consentido.
-Dio no catiga lo niño, él e bueno

-Él es bueno, pero castiga a los que se portan mal, ¿te acuerdas, cuándo te caíste? Ese fue papá Dios que te castigó-dijo la Madre.

-No, no, déjame cheto-respondió el pequeño, mientras desordenaba la mesa.

-Cristopher, ¿tú no te acuerdas de que el sábado chocaste contra el estante y te pegaste en la frente? Ese era papá Dios, enojado por tus rabietas- sermoneó la Tía

El niño se puso triste. La Tía y la Madre habían ganado. Doblegaron con miedo el carácter que no podían domar con castigos, ni amenazas, ni consejos de sicólogos, ni de libros escritos por super sicólogos.

SILENCIO, SILENCIO. Nadie habla. El niño piensa.

Cinco minutos después el chiquito de cuatro años las sacó de su error.

-Yo no me polto mal, e dio el que se polta mal conmigo-gritó.

La Madre y la Tía miraron al cielo en busca de argumentos.

Tres días después, la Madre encontró al niño mirando con desprecio al cuadro del Gran Poder desde el cual Dios vigilaba a todos con una sonrisa bondadosa y juguetona. El pobrecito jugaba con el viento que hacía ruido en la pintura para divertir a Cristopher.

(Riamny Méndez)

sábado, 6 de junio de 2009

Escritura creativa

Les presento mi texto para el Mapa Literario de Santo Domingo, elaborado a partir del taller "Enfrentando la escritura creativa" impartido por los escritores Erika Martínez, Meg Petersen y Frank Báez. Otros relatos y poemas encantadores, junto con nuestro mapa interactivo, están disponibles aquí.




Nos robaron las aletas

No me impresionó. Demasiado letargo en los movimientos. Agua acumulada en vidrieras: vasos llenos, inservibles.

Los peces eran como juguetes plásticos moviéndose entre plantas acuáticas. Era fantástico y tonto. ¿Dónde estaba el mar? ¿Dónde los peces saltarines, el agua azul?

-¿Para eso me trajeron a la Capital?- pensé cuando vi el Acuario por primera vez. Había salido de mi pueblo a conocer el mar. Tenía ocho años, y dormí durante todo el trayecto. Desperté. Ante mí, un edificio enorme. Estaba cansada.

Cuando salí del Acuario, ahí estaba el mar. Nadie tuvo que enseñármelo. ¡Esa cosa azul, sonora, inmensa, tenía que ser! Nunca paraba de hablar, pero por minutos hice silencio. Luego, pregunté:

-¿Dónde están los peces de colores? ¡No se mueven entre las olas !

-Jajajaj- mami me haló las colitas con las que domaba el pelo crespo, mientras yo me alisaba con las manos un coqueto vestido dominguero.

Me fascinó entonces el misterio. Así que al menos ese día, sólo vería los peces en las vidrieras.

Bueno, había que regresar al pueblo sin olas. No, no, no les hablo de Bolivia, les hablo de Tamayo, un municipio dominicano, que tiene una playa cercana, en la provincia Barahona, a sólo 45 minutos de distancia. Y para nosotros el mar no existe.

-¿Cómo se hacen los caracoles?
-Pues, lo fabrican con piedras los artesanos-me dijo una prima de ocho años como yo, en un espacio invadido por el olor dulce, pegajoso, de los mangos. Y me pareció la respuesta más natural del mundo. En la cocina de mi abuela había dos de esas curiosas tonterías. Nunca, hasta que cumplí los diez años se me ocurrió pensar que vinieran del mar. Y creen los europeos que Dominicana es una eterna fiesta de playa.

Mis amigos y yo, al menos en los años infantiles, no fuimos confidentes del mar. Veíamos el mar como un misterio lejano. Las familias no iban a nadar a las playas, así que tuve suerte de descubrir el mar, aunque sin arenas, en la niñez.

Visitamos la playa en la adolescencia, durante la primera excursión escolar o de amigos, siempre acompañados de algunas de nuestras madres. Era como si lo hubiéramos conocido toda la vida. Nos acostumbramos a las corrientes tan distintas al río, a la tibieza de la arena, pero no sabíamos nadar en agua salada, nos desconcertaban esas olas.



-¡Cuidado muchacho, que eres un peje de agua dulce!-decían las madres que acompañaban al grupo al ver los intentos por nadar de sus niños, acostumbrados a las corrientes tranquilas del Yaque del Sur. Éramos peces cojos. Se nos habían deformado las aletas.


martes, 5 de mayo de 2009

Un hombre de Bien






Llegó tres horas más tarde a casa. Besó a su mujer. Repartió seis mentas de guardia entre sus dos niños y descansó por cinco minutos en el sofá.

-Ayúdame a empujar el carro-dijo un vecino que siempre tiene un pretexto para joder el descanso del prójimo, mientras entraba, sin pedir permiso, por la puerta entreabierta de la sala.

El hombre no le explicó que por esta vez no deseaba ayudarlo, que tenía ganas de hablar con su mujer, de darle una gran noticia, de amarla hasta que el placer le rompiera el cuerpo. Le sonrió con una cara de bondad, casi pendeja. Convencido de su propia generosidad, hizo andar el viejo Toyota.

Sudado hasta los tuétanos regresó a su casa. Recuperó el habla. Le dio a su mujer, ya medio dormida, ojerosa, la gran noticia.

-Me aumentaron el sueldo, nos iremos a vivir a un residencial!
Ella, feliz, abrazó al excelentísimo padre y buen marido que la sacaría del barrio bullicioso en el que ambos habían crecido. Su marido, el muchacho más bueno de su generación, el gran estudiante, el destacado ingeniero, el dirigente comunitario, tenía éxito.

Orgullosa de su esposo, que no era un salvaje como los otros hombres del barrio, decidió contarle la historia de una turba que decapitó a un extranjero, a seis cuadras de la casa, mientras ella,asustada, escondía a sus hijos del horror.

-Menos mal que saliste tarde del trabajo, mataron a un extranj...-y él la interrumpió abruptamente por primera vez en su vida.

-Era hermano del desgraciado que mató a don Pedro, el de la panadería-gritó el ciudadano ejemplar, presidente de la junta de vecinos. Le enseñó a su mujer, sonriente, la foto de una cabeza sin cuerpo, que tomó con su celular, después de aplaudir la muerte.

Foto: Clave digital
P.D. ¿Cuántos hombres de bien había entre la multitud que aplaudía la decapitación de un haitiano en un crimen de odio?

domingo, 19 de abril de 2009

Mis amigas Margaritas



Yo era Margarita, una princesa. Por momentos me desterraban de mi castillo. Pero, siempre volvía a mi rincón mágico, con mi hermosura y mis estrellas a vivir la felicidad.

Al castillo se entraba por las páginas de un viejo libro, ahora perdido de mis estantes.

"Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar;
tu acento.
Margarita, te voy a contar
un cuento".


Esta primera estrofa del poema que Rubén Darío le dedicó a una muchacha llamada Margarita Debayle, era la puerta de entrada al lugar de la fantasía, que tantas veces me acogió, cuando el mundo se volvía caótico y difícil de comprender, al final de la infancia.

Han pasado algunos siglos desde entonces, sin embargo, durante esta semana recordé mi antiguo mundo por asociación de nombre y género. Revisando la sección de literatura infantil de una librería junto a mis sobrinos, encontré a “Margarita y la Nube” de León David.

A mi sobrino Cristopher, de cuatro años, le encantaron las ilustraciones de Verouschka Freixas. Así que nos llevamos el libro a casa. Por supuesto, esta niña leyó el cuento-poema primero que todos.

Me gustó esa Margarita aventurera, oriunda de Puerto Plata, que viaja por un paraíso tropical de colores a bordo de una nube, junto a su amiguita Rosa. Me pregunto si podría ser amiga de la otra Margarita, la Margarita de mi castillo (ya yo no soy ella). La Margarita de Darío, le regalaría a la de David, música y dulzura. La Margarita dominicana compartiría con su tocaya aventuras y libertad.


Imagen: Enlace a Dominicana On Line, de Funglode

miércoles, 8 de abril de 2009

Ciudad burlona


La ciudad se transformó en un espíritu burlón. Quería asustar a la mujer que, con su mejor garbo, caminaba por la acera. Juguetona, le hizo tropezar. Le torció un tobillo, sin lastimarla mucho.

-Maldito engendro

La ciudad respondió al insulto. Tiró a la mujer contra una malla de seguridad y le rompió el vestido.


Luego la mujer tropezó con una varilla, su traje quedó atrapado. Al tratar de halarlo, la falda se desprendió. Quedó medio desnuda en plena avenida.

-¿Crees que acabarás conmigo?-comentó la mujer. Enojada, se quitó la blusa, abandonó los zapatos, se desprendió del sostén.

La ciudad, asombrada, la dejó en paz por un momento. Esquinas más tarde, el espíritu burlón hizo magia y la mujer, invisible, caminó hasta la orilla del mar. Ahora, la mujer y la ciudad ríen a carcajadas.

El mar las baña, furioso. Esas dos locas no lo dejan dormir en paz. (Riamny Méndez)

sábado, 14 de marzo de 2009

Lissette Rojas, la escritora

Como les prometí, les dejo con más información sobre Lissete Rojas.En el Listín Diario pueden encontrar una crónica sobre la premiación del Concurso de Cuentos de Radio Santa María, en la cual se destaca que ella ha sido la primera mujer en obtener el primer galardón.. Si pasan por Diario Libre sabrán quienes son los otros ganadores.

Les dejo con “La Mosca que haría temblar Suiza”, uno de los cuentos de Lissete, contenido en un volumen premiado con una mención de honor por la Alizan Cibaeña.



La mosca que haría temblar a Suiza



Tan pronto abriste los ojos, te lanzaste de la cama, como expulsado por una fuerza misteriosa. Mala costumbre esa que tienes de limpiarte los ojos con el dedo índice y arrasar por instinto la legaña endurecida de tus ojos achinados de sueño.

Un hombre serio nunca falta a su trabajo, te dices, a menos que esté realmente muriéndose, a menos que los vientos de un temporal opongan una verdadera resistencia a la figura recia del campesino hombre madrugador.

Porque el hombre-hombre no se abandona en una cama por una gripecita. El hombre-hombre vive de sus manos, es un proveedor, tiene varios hijos y es un alma que sabe que un día sin jornal resulta un día perdido y de hambre.

Tú, sin embargo, no ves el trabajo como un castigo. Te gustan los campos de cacao, sus techos de ramas y su suelo que es un crujir de hojas a cada paso. Lo disfrutas. Puede decirse que te sientes un elegido cada vez que, con el alba, clasificas las mazorcas que se convertirán en chocolate, quizás el más fino de Suiza. Lo haz oído decir mil veces a los patrones cada vez que viene un visitante importante.

Como ahora, en esos instantes te quitas el sombrero y haces una reverencia, como todo un caballero, a los forasteros que pocas veces se dignan a mirar tu rostro y su sonrisa de escasos dientes. Pero tú ni te enteras. Tendrías que tener en alto los ojos para ver la mirada desdeñosa o glacial de los rostros que a regañadientes te devuelven tus buenos días solo por no quedarse con nada tuyo.

Es el patroncito con su novia, atisbas, cuando sus cuerpos son ya dos sombras recortadas contra el sol. Quizás se casen pronto, especulas sin dejar de colocar en un cesto gigante las mazorcas destinadas a acoger el cacao de primera calidad.

Hablan muy fuerte. Como nadie lo hace nunca en estos bosques de cacao. Retozan entre las plantas porque no saben, parece. Y esto debería saberlo todo el mundo: que estas son las horas del silencio, el tiempo de las mosquitas del cacao, las que polinizan las flores que luego se convierten en mazorcas cuyas semillas se convierten en chocolate.

Las moscas, quisieras decirles, solo trabajan en las primeras horas del día. Ni siquiera nosotros los campesinos las molestamos cuando ellas están laborando. Por la mañana, como a las seis, entramos silenciosos a las plantaciones y las dejamos que hagan lo que mejor hacen: polinizar.

Pero los amos siguen haciendo alboroto. Se escuchan risas, él la persigue entre los árboles mientras ella lanza gritos de falso miedo. Son unos niños, ponderas, alguien debe decirles que se callen y que no inquieten a las moscas.

Tras sopesarlo unos minutos, con el máximo de tu humildad por fin te acercas y dices: Ustedes me perdonan, niños, si me excedo, pero les voy a rogar que no hagan tanta algarabía. Es que las moscas se asustan y abandonan las flores de los cacaos.

Los niños te responden ¿y quién lo dice? Y tú les contestas que Crescencio Linares, a su orden, sin darte cuenta de que de muy buena fe vas firmando tu despido. Como ellos contestan solo con risas, te animas y sigues hablando con un afán didáctico que nadie te pidió.

¿Saben cómo es todo?, le preguntas al vacío que no te responde, pero igual le explicas que la mosquita mañanera entra a una flor, que casi siempre tiene una posición invertida y luego, la mosquita mañanera se mueve, como jugando, como haciendo piruetas, aunque sabe que es un trabajo serio, entonces los granos pegajosos de polen se pegan a su cuerpecito. Esta mosca podría hacer temblar a Suiza.

Pobre de mí, reflexionas, y sigues aunque que no te escuchen las risas burlonas que percibes por encima de tu cabeza gacha y tu vista fija en el suelo. En su vuelo la mosquita mañanera toma el polen de una flor macho y la lleva a una flor hembra que lo acepta y crea una mazorca y luego venimos nosotros en las mañanas, recogemos las que están listas y las clasificamos. No las cortamos muy cerca del cojín floral, saben, para no dañarlo, porque cada año la planta echa sus flores en los mismos cojines florales. Y si lo hacemos, nos perjudicamos nosotros mismos, que vivimos de esto.

Los pasos en las hojas te dicen que tus interlocutores se marchan. Justo ahora cuando viene lo mejor, pero no callarás. Tendrían que matarme primero: un hombre educado nunca le da la espalda a otro, siempre le da la oportunidad de terminar su conversación, sus argumentos. Eso es de caballeros. Hasta yo lo sé.


La polinización de las flores es producida por el viento, por el hombre, pero especialmente por los insectos. La mosquita mañanera es la que provoca la fecundación de la mayoría de las flores en las plantas, vociferas al aliento tibio de la tierra y tu voz vertical se pierde en la llanura.

La mosca en la génesis del cacao, susurran a lo lejos los oyentes burlones, pero tú ni te inmutas y les gritas que no se trata de cualquier mosca, es una mosquita muy delicada, ella trabaja en las primeras horas del día y si está lloviendo bastante no aparece su fecundación, tampoco si está muy nublado. Por eso, a veces, las plantas florecen y no hay una abundante cosecha. Pero siempre y cuando haya oportunidad, ella sale y hace su trabajo.

Los otros campesinos te dejaron solo. Te creen loco y perjudicial. Tú, en cambio, te consideras en extremo lúcido, profeta de estas tierras.

En cierta forma, le dices a la empalizada, la mosca es como un hombre serio: nunca falta a su trabajo a menos que esté realmente muriéndose, a menos que los vientos de un temporal le opongan una verdadera resistencia a su batir de alas madrugador.