domingo, 22 de noviembre de 2009

Con Lorca en el corazón

Amigos en los libros

En estos días, a cada rato, como dicen en el Sur, me llega a la cabeza un personaje o un verso de García Lorca.

El Romancero Gitano encandiló mi adolescencia por la descripción de una escapada amorosa en el poema La Casada Infiel.

“(…) Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua me
sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río”

Después me encontré con La Casa de Bernarda Alba, ese drama en el que una madre castra las ansias de libertad de sus hijas, aferrada con fanatismo a las convenciones sociales y a los dogmas de la religión.

Muchas veces quise entrar en aquellas paredes para rescatar a las damas que morían de falta de libertad.

Simpaticé con Adela, quien con su traje verde, se rebeló contra el riguroso luto que le obligaban a llevar. Quise invitarla a beber cerveza en un colmadón, a visitar una biblioteca o al parque Colón a conversar sobre los hombres o la ausencia de ellos.

En ese entonces era demasiado ignorante, por eso pensé que podía trascender las épocas y sacar a todas las, tristemente vírgenes, de la casa. De paso, quise que fueran amigas de las criadas para librarlas del clasismo y traerlas a la vida.

No pude. Ellas siguen ahí en esas paredes, aunque sospecho… no sé, que cuando Bernarda, la madre infernal , se va a la cama, las muchachas salen por el pueblo que describió Lorca y se bañan desnudas en los campos, con agua de los pozos. Olvidaron las ideas de su madre, una mujer atrapada en sus ritos, atada a la tradición.

Bernarda: Eso tiene ser mujer

Magdalena: Malditas sean las mujeres.

Bernarda: Aquí se hace lo que yo mando. Ya no puedes ir con el cuento a tu padre. Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón. Eso tiene la gente que nace con posibles.

Lejos de los días en que perdían el tiempo en conversaciones como esta, ahora ríen en las madrugadas. Adela, la menor, muerta luego de su gran rebeldía, luego de amar, cuida desde el cielo los paseos de sus hermanas y mantiene dormida a Bernarda durante toda la noche.

Atrás quedaron las rencillas entre las hermanas, pues en mi sueño son grandes amigas y cada una ha encontrado el amor. Sin contratos, sin prisiones. Mientras Bernarda duerme, sus amantes las encuentran desnudas por los campos y los vecinos del pueblo escuchan, entre sueños, sus gemidos.

Video: Ana Belén canta las letras del poema Herido de Amor de García Lorca