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lunes, 28 de septiembre de 2009

Eternamente viejos



En un bosque inmenso de cerezos y limones, la niña se convertía en astronauta. Viajaba a la luna en burbujas de jabón. Suspendida en el espacio, miraba al lugar donde empezaba el cielo, detrás de una pared de zinc.

Alrededor, un vecindario de casas de madera, donde llovía una vez cada año: cuando unos tíos eternamente viejos hacían fiestas con grandes mesas y golosinas en una sala que parecía de museo.

Cada visita duraba tiempos infinitos. Los tíos se quedaban atrapados por el único aguacero que caía en el pueblo. Dormían en la sala, por cualquier rincón.

Cada año que regresaban, el bosque de la niña era más chico ella se acercaba más en sus paseos hasta el lugar donde empezaba el cielo.

Un día, la niña partió a un sitio desconocido. Pasaron los siglos y las distancias.

Ahora los dioses la han regresado como una tía eternamente vieja a la antigua casa. No encontró el bosque: sólo cinco árboles de cereza y dos limoneros. No hay burbujas de jabón. El cielo no existe.

domingo, 12 de julio de 2009

El hombre que le quitó la alegría a la ciudad





Para el administrador de Galerías Comerciales Naco, Genaro González García, sometido a la Justicia por Medio Ambiente por envenenar cuatro árboles de framboyán.

Era un hombre tan triste que había olvidado como llorar. Se enojaba con la belleza de las flores y asesinaba, en secreto, a los árboles que cada año llenaban de un rojo cálido el aire de la ciudad.

Los árboles de la felicidad lo conocían y temblaban ante su presencia. Nadie los cuidaba de la mano que, aprovechando la falta de iluminación de las calles de Santo Domingo, les quitaba la vida o los dejaba tan heridos que nunca más volvían a ser los mismos.

Por temor al asesino de árboles de la felicidad, las pobres plantas decidieron un día dejar de florecer en Santo Domingo. Las mayores transmitieron a las pequeñas la decisión que había tomado el gran consejo: ninguna florecería en la Capital.

Cuando llegó la estación de las flores, los árboles estaban secos y marchitos. Pero si las personas hubiesen podido mirar por debajo de las raíces, se habrían enterado de que las plantas regalaban sus flores a los insectos terrestres que agradecidos les hacían una fiesta a las flores.

El asesino de los árboles de la felicidad lloraba a cántaros. No sólo porque no tenía árboles a quienes matar, oficio con el que le había dado sentido a su vida, sino también porque descubrió de pronto, que las flores a las que odiaba, eran la única alegría que le quedaba en la vida.

Y lloró. Pero los árboles que sólo oyen a las personas a través de las flores no lo escucharon y nunca más volvieron a llenar el aire con su cálido color que dejaba destellos de alegría que duraban todo el año. Desde entonces, Santo Domingo es la capital más gris de América.

Foto: Árbol envenenado por el comerciante en la avenida Tiradentes, enviada por Medio Ambiente.

miércoles, 24 de junio de 2009

El niño que se enojó con Dios




Papa Dios se había portado muy mal. Así que el Niño estaba enojado con ese viejo barbudo y todopoderoso pintado en el cuadro del Gran Poder que desde lo alto de la pared, casi en el techo, vigilaba la sala de la casa.

Fue la Madre quien primero le alertó de las travesuras del viejecito bondadoso, que ejercía su arbitraria autoridad para traerlo de nuevo al redil, castigándole por sus malcriadezas.

-Critopher, Papá Dios te va a volver a castigar-dijo la Madre cuando el niño, en un alarde de libertad, le pidió a una Tía empalagosa que lo dejara en paz, mientras se zafaba de un abrazo no consentido.
-Dio no catiga lo niño, él e bueno

-Él es bueno, pero castiga a los que se portan mal, ¿te acuerdas, cuándo te caíste? Ese fue papá Dios que te castigó-dijo la Madre.

-No, no, déjame cheto-respondió el pequeño, mientras desordenaba la mesa.

-Cristopher, ¿tú no te acuerdas de que el sábado chocaste contra el estante y te pegaste en la frente? Ese era papá Dios, enojado por tus rabietas- sermoneó la Tía

El niño se puso triste. La Tía y la Madre habían ganado. Doblegaron con miedo el carácter que no podían domar con castigos, ni amenazas, ni consejos de sicólogos, ni de libros escritos por super sicólogos.

SILENCIO, SILENCIO. Nadie habla. El niño piensa.

Cinco minutos después el chiquito de cuatro años las sacó de su error.

-Yo no me polto mal, e dio el que se polta mal conmigo-gritó.

La Madre y la Tía miraron al cielo en busca de argumentos.

Tres días después, la Madre encontró al niño mirando con desprecio al cuadro del Gran Poder desde el cual Dios vigilaba a todos con una sonrisa bondadosa y juguetona. El pobrecito jugaba con el viento que hacía ruido en la pintura para divertir a Cristopher.

(Riamny Méndez)

martes, 5 de mayo de 2009

Un hombre de Bien






Llegó tres horas más tarde a casa. Besó a su mujer. Repartió seis mentas de guardia entre sus dos niños y descansó por cinco minutos en el sofá.

-Ayúdame a empujar el carro-dijo un vecino que siempre tiene un pretexto para joder el descanso del prójimo, mientras entraba, sin pedir permiso, por la puerta entreabierta de la sala.

El hombre no le explicó que por esta vez no deseaba ayudarlo, que tenía ganas de hablar con su mujer, de darle una gran noticia, de amarla hasta que el placer le rompiera el cuerpo. Le sonrió con una cara de bondad, casi pendeja. Convencido de su propia generosidad, hizo andar el viejo Toyota.

Sudado hasta los tuétanos regresó a su casa. Recuperó el habla. Le dio a su mujer, ya medio dormida, ojerosa, la gran noticia.

-Me aumentaron el sueldo, nos iremos a vivir a un residencial!
Ella, feliz, abrazó al excelentísimo padre y buen marido que la sacaría del barrio bullicioso en el que ambos habían crecido. Su marido, el muchacho más bueno de su generación, el gran estudiante, el destacado ingeniero, el dirigente comunitario, tenía éxito.

Orgullosa de su esposo, que no era un salvaje como los otros hombres del barrio, decidió contarle la historia de una turba que decapitó a un extranjero, a seis cuadras de la casa, mientras ella,asustada, escondía a sus hijos del horror.

-Menos mal que saliste tarde del trabajo, mataron a un extranj...-y él la interrumpió abruptamente por primera vez en su vida.

-Era hermano del desgraciado que mató a don Pedro, el de la panadería-gritó el ciudadano ejemplar, presidente de la junta de vecinos. Le enseñó a su mujer, sonriente, la foto de una cabeza sin cuerpo, que tomó con su celular, después de aplaudir la muerte.

Foto: Clave digital
P.D. ¿Cuántos hombres de bien había entre la multitud que aplaudía la decapitación de un haitiano en un crimen de odio?

miércoles, 8 de abril de 2009

Ciudad burlona


La ciudad se transformó en un espíritu burlón. Quería asustar a la mujer que, con su mejor garbo, caminaba por la acera. Juguetona, le hizo tropezar. Le torció un tobillo, sin lastimarla mucho.

-Maldito engendro

La ciudad respondió al insulto. Tiró a la mujer contra una malla de seguridad y le rompió el vestido.


Luego la mujer tropezó con una varilla, su traje quedó atrapado. Al tratar de halarlo, la falda se desprendió. Quedó medio desnuda en plena avenida.

-¿Crees que acabarás conmigo?-comentó la mujer. Enojada, se quitó la blusa, abandonó los zapatos, se desprendió del sostén.

La ciudad, asombrada, la dejó en paz por un momento. Esquinas más tarde, el espíritu burlón hizo magia y la mujer, invisible, caminó hasta la orilla del mar. Ahora, la mujer y la ciudad ríen a carcajadas.

El mar las baña, furioso. Esas dos locas no lo dejan dormir en paz. (Riamny Méndez)

domingo, 23 de noviembre de 2008

Silencio ciudad, silencio






Cuando la tarde vino a ella cargada de muerte, la vida decidió meterse, con dolor, a empujones, en la brisa y se abrió paso; constante, terca... De repente, entre las lágrimas hubo carcajadas...abrazos de un amor que continúa, sonrisas de un niño que no conoce de tristezas. Y ella salió a pasear con una mitad del corazón deseosa de desaparecer y la otra ilusionada con las sonrisas y los abrazos.

Un mar inmenso, azul y vivo, colocado entre la naturaleza verde y el misterioso vacío dio la bienvenida a una esperanza débil, tierna, frágil, casi sin ganas de avanzar, pero presente.

Ahora ella y la vida han regresado. Les dan la bienvenida los bocinazos de la ciudad, el apagón que en Santo Domingo nos lleva a las cavernas, las multitudes que dejan soledades. La vida sonríe, resignada. Aún no está de ánimos para enojarse. Necesita una tregua.

Silencio ciudad, silencio. La vida debe descansar antes de que llegue la muerte en busca de pleitos. Silencio ciudad, silencio.


Fotografía de Karina Diarte publicada en Flickr (modalidad de acceso a "todos").
Tal y como establecen las normas de uso de la comunidad, la fotografía tiene un enlace a la Web de Flickr.