domingo, 13 de diciembre de 2009

¡Y PIDIÓ EL SILENCIO A GRITOS!




Subo el volumen de la televisión para neutralizar la bachata que suena en la radio del colmado que me martiriza cada fin de semana. Pero, no escucho al aparato porque un grupo de evangélicos se suma a la bulla con un culto. Subo el volumen un punto más y escucho-sólo un poco- la televisión, junto con los aleluyas y las bachatas.

Ahora llegó el agua y para que mis grifos la vean caer, hay que enchufar una bomba ladrona. Como cada vecino necesita agua en sus llaves, en el edificio conectan al menos otras diez bombas ladronas. El ruido es intolerable. Desisto de la televisión. Enciendo la computadora y escucho música en YouTube.

Entonces mi sobrino decide ver televisión a todo volumen porque la voz de Dora la Exploradora compite con el ruido de las bombas, los gritos de unos religiosos y la imprudencia del hombre que atiende el colmado.

Así que me pongo los audífonos y subo el volumen de mi computadora a todo dar, hasta que me duele el tímpano del oído.

Mi mal humor estalla y empiezo a refunfuñar en voz alta, a pelear con las paredes, con el maldito colmado, con el agua que llega en el momento más inoportuno, con esta ciudad que nos dejará a todos sordos o tan desquiciados que nos mataremos los unos a los otros.

Caigo en la cuenta de que ahora los vecinos se enfrentan a un ruido más, una mujer grita como loca... Me he sumado a la bachata del colmado, a los gritos de los evangélicos, a la televisión de mi casa y a las bombas ladronas. Impotente, cierro la boca. Frunzo el ceño y estallo en carcajadas. Me río del absurdo. Si pudiera, me tragara todo el ruido de un bocado. Impusiera un año de silencio, en venganza por toda la bulla que he soportado en la vida.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Asustada



El sábado a las 12:00 de la noche, camino a casa, vi a un hombre que disparaba sobre el asfalto del puente Duarte desde una motocicleta en marcha.

Asustado, el taxista aceleró el automóvil para evadir los disparos del hombre. “Parece que está borracho”, dijo. Yo subí a toda prisa el vidrio de la ventanilla. Después pensé: "ese gesto no nos salvará de una bala en una goma”.

Cuando llegué a casa tardé en conciliar el sueño. En la mañana otro susto me despertó. Una mujer gritaba como desesperada “policía, policía”. Volví a dormir, pensé que era una pesadilla. A media mañana, dos vecinos me informaron que unos hombres intentaron asaltar a una mujer en un carro y ella logró pedir auxilio a los policías del destacamento que se encuentra cerca de mi edificio. Me alegra saber que la rescataron. No sé, por el momento, mayores detalles.

Luego, como suele ocurrir en estas conversaciones, los vecinos iniciaron un recuento de hechos violentos ocurridos recientemente. Me informaron que hace pocos días cerca de nuestro edificio asaltaron a un vendedor de frutas y yo recordé otro montón de casos, pero no quise sumarme al conteo.

“No se podrá salir a la calle”, dijo un vecino. Respondí: “Habrá que mudarse de este barrio”. Ahora pienso ¿a dónde?

Una amiga residía en Invivienda, un barrio popular, y se mudó a un residencial seguro del polígono central. Al residencial y no a su casa de Invivienda entraron los ladrones.

En mi familia, han asaltado al menos a cuatro personas, incluyéndome y al menos siete de mis colegas, amigos o conocidos han sufrido algún robo o asalto.

A una mujer, hermana de una amiga muy querida de mi familia, la mató el ex marido hace unos tres años y en una simple discusión por asuntos laborales un hombre, conocido de un gran amigo, fue acuchillado hace unas semanas.

Si no nos mata un delincuente, nos matará la violencia de quienes en teoría no son identificados con ese mote, pero… pegan y matan.

Podemos mudarnos a edificios seguros, pero, alguna vez tendremos que salir de nuestra guarida, e incluso en esos refugios puede esconderse una violenta persona decente.

Se supone que eventualmente cruzaremos el puente Duarte o caminaremos por la avenida 27 de Febrero. Esta es nuestra ciudad y la perdemos, nos la quitan los asaltantes, los que se emborrachan y salen a disparar en plena vía y los violentos que en teoría son “decentes”.

No recuperaremos la ciudad con “mano dura” ni con intercambios de disparos. El método ha fracasado hasta ahora. Hay que mirar al fondo, al fondo al fondo, donde esta sociedad hiede, hiede, hiede a pus por una infección que ojalá tenga remedio.

El optimismo desmedido no es lo mío, pero lo ético y lo importante es actuar. ¿Qué podemos hacer? ¿Esperar que se nos pegue un tiro?


Imagen de Goya, Wikipedia


jueves, 3 de diciembre de 2009

domingo, 22 de noviembre de 2009

Con Lorca en el corazón

Amigos en los libros

En estos días, a cada rato, como dicen en el Sur, me llega a la cabeza un personaje o un verso de García Lorca.

El Romancero Gitano encandiló mi adolescencia por la descripción de una escapada amorosa en el poema La Casada Infiel.

“(…) Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua me
sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río”

Después me encontré con La Casa de Bernarda Alba, ese drama en el que una madre castra las ansias de libertad de sus hijas, aferrada con fanatismo a las convenciones sociales y a los dogmas de la religión.

Muchas veces quise entrar en aquellas paredes para rescatar a las damas que morían de falta de libertad.

Simpaticé con Adela, quien con su traje verde, se rebeló contra el riguroso luto que le obligaban a llevar. Quise invitarla a beber cerveza en un colmadón, a visitar una biblioteca o al parque Colón a conversar sobre los hombres o la ausencia de ellos.

En ese entonces era demasiado ignorante, por eso pensé que podía trascender las épocas y sacar a todas las, tristemente vírgenes, de la casa. De paso, quise que fueran amigas de las criadas para librarlas del clasismo y traerlas a la vida.

No pude. Ellas siguen ahí en esas paredes, aunque sospecho… no sé, que cuando Bernarda, la madre infernal , se va a la cama, las muchachas salen por el pueblo que describió Lorca y se bañan desnudas en los campos, con agua de los pozos. Olvidaron las ideas de su madre, una mujer atrapada en sus ritos, atada a la tradición.

Bernarda: Eso tiene ser mujer

Magdalena: Malditas sean las mujeres.

Bernarda: Aquí se hace lo que yo mando. Ya no puedes ir con el cuento a tu padre. Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón. Eso tiene la gente que nace con posibles.

Lejos de los días en que perdían el tiempo en conversaciones como esta, ahora ríen en las madrugadas. Adela, la menor, muerta luego de su gran rebeldía, luego de amar, cuida desde el cielo los paseos de sus hermanas y mantiene dormida a Bernarda durante toda la noche.

Atrás quedaron las rencillas entre las hermanas, pues en mi sueño son grandes amigas y cada una ha encontrado el amor. Sin contratos, sin prisiones. Mientras Bernarda duerme, sus amantes las encuentran desnudas por los campos y los vecinos del pueblo escuchan, entre sueños, sus gemidos.

Video: Ana Belén canta las letras del poema Herido de Amor de García Lorca

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Esos traviesos que nos destrozan el corazón

Recuerden a los dos niños de rodillas, con los brazos abiertos, pidiendo comida en la Carretera Internacional y a los dos pequeños de la ciudad, cansados, sucios y hambrientos, tratando de ganarse, con picardía, un helado.


Dos niños, menores de 10 años, insisten en hablar con las vendedoras. Toman sin permiso las servilletas del mostrador, molestan, con su presencia, a los clientes más quisquillosos de una heladería ubicada en el Centro Cuesta Nacional de la avenida 27 de Febrero esquina Abraham Lincoln.

Los pequeños huelen a sudor y sus ropas sucias muestran la pobreza de su hogar en el barrio de Villa Duarte, en Santo Domingo Este, desde donde se trasladan al rico Polígono Central del Distrito, a pedir algunas monedas.

Los traviesos pedigüeños de la avenida 27 de Febrero esquina Abraham Lincoln no se dan por vencidos, ni cuando las vendedoras amenazan con llamar a los agentes de seguridad. Insisten, tratan de hacerse los simpáticos con las chicas de la heladería, toman servilletas y cucharitas del mostrador y se las entregan.

-Voy a contar hasta diez, y después voy a llamar a la seguridad, cuando vuelvan limpios y con uniforme de escuela les voy a dar un helado-dice la vendedora.

-Bueno, ya sabemos que nunca les brindarán el helado-comenta su compañera de trabajo, molesta con los chicos que una vez más se han colado en el local.

De todos modos, los chiquillos consiguen dos barquillas, alguien se las brinda. Felices, se sientan a comer su helado. Felices, felices, ilusionados, miran la barquilla como a un juguete.

Yo los miro a ellos. Recuerdo a otros traviesos pedigüeños y desisto de hacer la crónica de viajes que he aplazado por semanas sobre la Carretera Internacional.


En esta carretera sin asfalto, de 45 kilómetros-entre Pedro Santana y Tirolí- los niños corren tras los vehículos, desesperados por alimentos, como contó Lissette Rojas en un reportaje para Clave Digital.

Tenía ganas de escribir que el viajero que se dirige a la Carretera Internacional, por Pedro Santana, en la sureña y fronteriza provincia de Elías Piña, cruza el río Artibonito y a veces le puede dar la impresión de que es un riachuelo cualquiera, un charquito sin gracia. Pero, kilómetros más adelante, la cuenca del Artibonito es un espectáculo de sonidos corriendo sobre rocas.

No es el agua lo que impresiona, es esa música del río que atraviesa ambos lados de la isla, porque acerca, como las corrientes, a pedazos de patrias perdidos de soledad.

Los pueblos haitianos están a mano izquierda-en la travesía de sur a norte- y a mano derecha duerme el suelo dominicano, deshabitado, con montañas y valles impresionantes a pesar de la deforestación. Unos pocos cuarteles del Ejército Nacional vigilan la zona.

Como llovió antes de nuestro viaje, la carretera-un camino peligroso, por el que siempre se va al borde de un precipicio- estaba atravesada por venas de agua.

No son estas, sin embargo, las impresiones que quiero dejarles ahora, no quiero que recuerden unas florecitas rojas que crecen en las montañas haitianas. Quiero dejarles, los ojos de una niña que extendió las manos para recibir alimento y luego nos dijo: “vayan con Dios, gracias”, con una expresión de alegría inmensa por recibir un poquito de comida.

A la pequeña la encontramos luego de pasar por Calavacie, un pueblo haitiano identificado con un letrero del ron dominicano Brugal, antes del cual hay una cascada que suena como la lluvia.


Pudimos llegar hasta el pueblecito porque Alicio, un campesino de Haití, nos ayudó a cruzar. El camino no desapareció próximo a Calavacie gracias a la voluntad de Alicio y a la de sus amigos. Ellos no dejaron que la carretera Internacional se volviera intransitable: con sus manos quitaron escombros y allanaron tierras.

Alicio guió por el peligroso trecho a nuestro amigo Primitivo, quien conducía la camioneta, luego de que el resto del equipo atravesara la zona a pie para que el vehículo estuviese ligero y el conductor maniobrara con facilidad, al borde del precipicio.

Cuando en Calavacie se enteraron de que llevábamos algunos alimentos, de las montañas empezaron a bajar niños, mujeres y hombres, que viven sin agua potable y con hambre, especialmente después de que terminan las cosechas de mango y con ellas el poco intercambio comercial.

Luego de pasar por este pueblo, como sucedió antes, decenas de niños se lanzaron tras nuestro vehículo, como suelen hacerlo con todos los que transitan por el lugar. Esperan tener suerte, esperan que los viajeros les den algo, una menta, un pan, dinero…

El recorrido termina en Tirolí, el último pueblo haitiano de la carretera, donde se celebra el mercado binacional, al final de la carretera de tierra. Después se llega, por una carretera rodeada de verde y asfaltada, a Loma de Cabrera, un pueblo de la República Dominicana.

Pero antes de entrar en Tirolí, ya sin nada que dar, dos niños haitianos que alcanzaron a ver nuestra camioneta, se hincaron y abrieron los brazos. Esperaban, como de cada automóvil que cruza por su lado, el milagro de un poco de comida.

Piensen en estos dos niños hincados en la Carretera Internacional y en los dos pequeños de la ciudad, cansados, sucios y hambrientos, tratando de ganarse, con picardía, un helado.

Esos traviesos de Villa Duarte me recordaron a algunos niños haitianos que en la Carretera Internacional trataban de esconder, a veces con una mano en la espalda de sus cuerpecitos desnudos, la merienda que les entregaban los viajeros, para que les dieran otra ración.

En principio me enojé con ellos, luego, les guiñé el ojo. Qué más da, que estos traviesos conserven la alegría de una travesura, una travesura para olvidar el hambre.


Nota: Un grupo de gente muy solidaria donó alimentos, ropa y juguetes para los niños de la Carretera Internacional. Acompañé a quienes llevaron las donaciones

sábado, 3 de octubre de 2009

DESOBEDIENCIA CIVIL


Soy una isleña sin mar. Nuestros congresistas han decidido que los dominicanos que no paguen a un hotel, no podrán disfrutar de las playas. El derecho al uso de la playa termina donde comienza el interés económico de los hoteleros.

"Los ríos, lagos, lagunas, playas y costas nacionales pertenecen al dominio público y son de libre acceso, observándose siempre el derecho a la propiedad privada", dirá nuestra-digo su constitución- porque yo me declaro en franca desobediencia civil contra ese mamotreto que el presidente Leonel Fernández y el presidente del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), Miguel Vargas han armado.

Los senadores y diputados también decidieron consignar en la Constitución-que tendrá el tamaño de una casa, porque en ella han puesto de todo-que una mujer no puede abortar aunque su vida corra peligro, que los homosexuales y las lesbianas no tienen derecho a legalizar sus uniones, que yo no puedo llevar ante la justicia un recurso de inconstitucionalidad a menos que el tema me haya causado perjuicio de manera directa. Tampoco podré promover un referendo para quitar de su cargo a quien no me represente bien.

En fin, que poco a poco, me están convirtiendo en una ciudadana sin derechos, es decir en una no-ciudadana. No siento ya el deber de votar, de hacerle juego a este sistema que me ningunea y que nisiquiera representa la opinión de las mayorías.

Mi país es una piscina inflable. Sólo allí tendré derechos y deberes. Conciudadanos renacuajos, bienvenidos a esta república libertaria. Aquí hay júbilo. En la República Dominicana estamos de luto.

Caricatura de Harold Priego, publicada en Diario Libre.



lunes, 28 de septiembre de 2009

Eternamente viejos



En un bosque inmenso de cerezos y limones, la niña se convertía en astronauta. Viajaba a la luna en burbujas de jabón. Suspendida en el espacio, miraba al lugar donde empezaba el cielo, detrás de una pared de zinc.

Alrededor, un vecindario de casas de madera, donde llovía una vez cada año: cuando unos tíos eternamente viejos hacían fiestas con grandes mesas y golosinas en una sala que parecía de museo.

Cada visita duraba tiempos infinitos. Los tíos se quedaban atrapados por el único aguacero que caía en el pueblo. Dormían en la sala, por cualquier rincón.

Cada año que regresaban, el bosque de la niña era más chico ella se acercaba más en sus paseos hasta el lugar donde empezaba el cielo.

Un día, la niña partió a un sitio desconocido. Pasaron los siglos y las distancias.

Ahora los dioses la han regresado como una tía eternamente vieja a la antigua casa. No encontró el bosque: sólo cinco árboles de cereza y dos limoneros. No hay burbujas de jabón. El cielo no existe.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Nosotros, arameos errantes que despreciamos a los samaritanos





“Y al extranjero no engañarás ni angustiarás, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto” (Éxodo 22,21). 1


“Dios sabe, Dios va a ver las verdades” dice un obrero haitiano, de esos que trabajan por salarios de miseria (RD$200 la jornada) en las construcciones que han hecho crecer nuestra ciudad. Testimonios de sus voces y sus cuerpos en la construcción están plasmados en un reportaje multimedia del fotorreportero Roberto Guzmán.

Si creyera en una justicia divina capaz de castigar a un pueblo, estaría aterrada, pues como los egipcios fueron ahogados en el Mar Rojo, así seríamos nosotros destruidos por consentir el abuso y habitar en casas y en apartamentos levantados con vejámenes y sufrimientos.

No creo en la justicia divina de ese modo. Tampoco parecen creer en la justicia divina, de ninguna manera, muchos dominicanos-incluso cristianos- que desobedecen una de las leyes bíblicas más humanas y hermosas: Tratar bien a los inmigrantes. “Y al extranjero no engañarás ni angustiarás, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto” (Éxodo 22,21).

Hace dos años un haitiano me contó cómo había sido estafado por un ingeniero, que le obligó a trabajar y luego lo denunció ante las autoridades porque no tenía sus papeles en regla. Logró escapar del ingeniero y de las autoridades. No tenía dinero, ni casa. Estaba acorralado y solo.

La historia del empleador que abusa es una constante entre ellos. Aunque su dolor no es sólo por el maltrato de los patronos, que a fin de cuentas suelen abusar de todos los trabajadores en proporción directa a la necesidad que tengan del salario. Es, imagino, por esa soledad de no sentirse aceptado cuando se sube a la guagua y todos hablan de lo mal que va la vida, de los apagones, de los malditos trabajos y de alguna manera reciben y se dan apoyo, empatía y comprensión, mientras el inmigrante es aislado y despreciado.

Tratamos a los haitianos como supongo que trataron los judíos a los samaritanos, como escoria.Y oh ¡ironías de la vida! Como los judíos y los samaritanos, también tienen los pueblos de la isla una parte de su historia compartida.

¿Pero, saben qué? El fundador del cristianismo, un tal Jesús del que tanto se habla, los reivindicó en su condición de seres humanos y reconoció la bondad de uno de ellos, en aquella parábola del Buen Samaritano que ayuda a un viajero herido al que sus hermanos dejan abandonado. (Lucas 10, 25-37).

Jesús exalta la condición de “prójimo” del extranjero y deja claro que la relación de hermandad entre las personas está por encima de las convenciones políticas en las que nos agrupamos: estados, pueblos, tribus, grupos étnicos.

El propio pueblo judío es al fin de cuentas la historia de un grupo de inmigrantes en busca de futuro y prosperidad. El cielo no está en las nubes, es esa tierra prometida.

“Entonces hablarás y dirás delante de Jehová tu Dios: Un arameo a punto de perecer (un arameo errante en otras versiones) fue mi padre, el cual descendió a Egipto y habitó allí con pocos hombres y allí creció y llegó a ser una nación grande, fuerte y numerosa; y los egipcios nos maltrataron y nos afligieron, y pusieron sobre nosotros dura servidumbre. Y clamamos a Jehová el Dios de nuestros padres; y Jehová oyó nuestra voz, y vio nuestra aflicción, nuestro trabajo y nuestra opresión” (Deuteronomio, 26, 5-7).

El cristianismo del Nuevo Testamento es la continuidad de esa historia, pero la trasciende. Nos da la esperanza de que los valores de la solidaridad y la justicia traspasan las fronteras. El Reino no es de un pueblo, es de los hombres y las mujeres que “aman al prójimo como a sí mismos”.
Esta parte, digamos social de la Biblia, es la que con frecuencia olvidamos, detenidos en los detalles que no nos permiten ver las ideas globales de una historia universal, la historia de un grupo humano que pudo haber sido cualquier tribu africana o europea, americana o asiática.

Es la historia de un colectivo que también se construye a partir de historias personales concretas: reyes, sirvientes, profetas, mujeres prostitutas o profetizas o adolescentes embarazadas, pero también como no, de inmigrantes.

Hay gente que se aleja y que llega a Israel, como los chinos o los haitianos vienen aquí. Como Edwin mi hermano más pequeño que vive en Estados Unidos o Yaritza mi mejor amiga de la infancia que vive en España, como Peterson mi gran amigo de la adultez que también reside en Europa o Enrique, un tío que habita entre dos tierras: Santo Domingo y Nueva York.

A ellas y a ellos, a los que quiero entrañablemente, les deseo en su camino personas que traten bien al extranjero. Con ellos me siento inmigrante, extranjera en la tierra de Egipto y por tanto hermana de los extraños que llegan a la mía.

Soy biznieta de un español que como el arameo errante llegó al sur dominicano buscando futuro. Biznieta de africanos, como los israelitas, oprimidos en tierras ajenas. ¿Cómo no ver el dolor de mis hermanos?

Todos somos arameos errantes o podemos serlo. También los antepasados de los ingenieros y los empresarios que no les pagan a los obreros haitianos fueron arameos errantes.

Dios se ha ido, y ha dejado en nuestras manos la responsabilidad de evitar la opresión.

1. “Antigua Versión de Casiodoro de Reina (1569). Revisada por Cipriano de Valera (1602). Otras revisiones 1862, 1909 y 1960, Sociedades Bíblicas Unidas”

Foto de Roberto Guzmán, con la que tuve el honor de ilustrar mi reportaje El Cristianismo también se habla en creole.

martes, 8 de septiembre de 2009

Las mujeres tienen derecho a decidir



Creo que el aborto es terrible, pero también creo en la libertad de las personas. ¿Con qué derecho le digo a otra mujer que no aborte? Y si su vida está en peligro, ¿con qué corazón le pido que acepte una condena a muerte?

P.D. Lo pensé mejor, no voy a renunciar a la ciudadanía. Recuperé mis deberes, los derechos...bueno.

lunes, 7 de septiembre de 2009

No soy una ciudadana, soy una “cucaracha aplastada”

De ciudadana he pasado a cliente y de cliente a “cucaracha aplastada”. Los ciudadanos tienen diversos derechos y deberes. Los clientes sólo tienen derechos si pagan y su único deber es pagar. Las “cucarachas aplastadas” por las empresas públicas y privadas, tienen el deber de pagar y el derecho de cerrar la boca, suplicar y esperar.

Mi experiencia del fin de semana pasado con Ede Este me ha demostrado qué tan pisoteada estoy en mi nueva condición de ex ciudadana y ex cliente, es decir nueva “cucaracha aplastada” por las leyes y por el servicio de la distribuidora.

El viernes en la mañana pagué mi recibo de la energía eléctrica: RD$946 por los eventuales “prendiones” que recibo cada día. Al mediodía me suspendieron el servicio porque, según me explicaron en el departamento de servicio al cliente (perdón, el departamento de “ninguneo a las cucarachas aplastadas”) ya la orden de corte estaba emitida.

Mi factura venció el día 31 de agosto, pero llegó el día 1 de septiembre. Pagué el viernes cuatro. Según he confirmado, La Ley de electricidad, con factura o sin ella, otorga a Ede Este el derecho de suspenderme el servicio al día siguiente de que la factura caduque.

Los encargados de servicio al cliente me indican que incluso aunque haya pagado tienen el derecho de suspender el servicio (No entiendo esa lógica, ni la complejidad que implica llamar a una brigada para que no ejecute una orden de suspensión).

Es irracional, pero hasta aquí la Ley le da la razón a la empresa, no a las cucarachas aplastadas. Mas si por algún error la Ley le diera un poco de razón a estas pobres cucarachas, la práctica se encargará de volverlas a ningunear.

El Reglamento para la Aplicación de la Ley de Electricidad 125-01 establece en el párrafo IV del artículo 194 que la “Empresa de Distribución deberá restablecer el servicio en un plazo máximo de doce (12) horas para zonas urbanas y veinticuatro (24) horas para zonas rurales (…)”.

Pero, son las 3:00 de la tarde del lunes y todavía no tengo luz. Han pasado ya 72 horas, muchas conversaciones infructuosas amables y sin amabilidad alguna con empleados de Ede Este.

Ya estoy resignada, no sólo a no tener luz, sino a ser una “cucaracha aplastada”. Ahora bien, por favor no me pidan que me comporte como una ciudadana. No tengo derechos, no tengo deberes.

domingo, 30 de agosto de 2009

El Orgullo del batey Algodón


De vez en cuando queremos contar de forma distinta lo que ya contamos. Escribí este reportaje para CLAVE, pero quise reescribirlo con la libertad que da la ausencia de una fecha de cierre. Espero que como a mí, a ustedes les conmueva esta historia que encontré en el Batey Algodón.



Esta historia comienza con una alfabetizadora que no sabe leer ni escribir. Finaliza la década de 1980.

Una tarde cualquiera, debajo de un árbol, la maestra enseña español a un grupo de niños de distintas edades, cerca de las barracas donde viven apiñados trabajadores del azúcar. Entre el grupo, corretean dos pequeños que se convertirán en el orgullo del batey Algodón, en los dos primeros médicos oriundos de aquí.

Pero, esperen, de los “doctores” hablaremos en un momento. Ahora estamos detenidos en los ojos de Hilda Pérez, la peculiar maestra. Desde la puerta de su destartalada casa de madera, ella vuelve a vivir aquella época. Como hoy, alrededor del batey sólo hay matorrales, cañas y polvo. La carretera que conduce a Barahona, en el Suroeste dominicano, casi cruza por encima del caserío.

Junto a Hilda, a través de sus recuerdos, estamos en esta aula al aire libre, debajo de un árbol. El único recurso didáctico importante es una radio que transmite un programa de alfabetización. Hay además unas cuantas páginas, con las cuales la profesora intenta desenmarañar, también para ella, el significado de las letras.

Por los callejones del batey vemos, a través del recuerdo triste de Hilda, a los niños desnutridos, a los ex trabajadores del ingenio desempleados, a los jóvenes con sus planes de emigrar a Santo Domingo a trabajar en la construcción o en el servicio doméstico. Son descendientes de haitianos de segunda o tercera generación en una República Dominicana en crisis.

Luego, ella para de contar, de vivir en las nostalgias que le ha traído esta conversación. Reflexiona en el hecho de que en esa época la vida aquí era aún más dura. Y esto es mucho decir en una comunidad que aún ahora necesita que se construyan letrinas en muchos de sus hogares.

A pesar de las tristezas es una persona alegre. Por un momento ríe a carcajadas recordando su propia audacia “¡Yo le digo a usted la verdad, yo era una profesora analfabeta, lo que ellos iban aprendiendo, lo aprendía yo también!”

De regreso al presente, con una mirada cómplice a su marido Jusni Franciani, Hilda habla orgullosa de esos hombres jóvenes que pasaron por sus manos de maestra, de esos estudiantes de término de medicina que para ella todavía son muchachitos.

Uno de ellos, Pedro Antonio Jiménez, estudiante de término tenía en 1989, apenas cinco o seis años. Fue uno de los últimos escuchas de la alfabetización por radio en la provincia. Un chiquillo curioso que a través de ella se aproximó a la enseñanza.

El otro, Charison Yan Féliz, actualmente “médico interno” se alfabetizó casi por completo gracias a la voluntad de Hilda. “El donde quiera que va lo dice, que sus primeras enseñanzas fueron con RADECO (programa radial de educación radiofónica)”.

Hilda, está feliz. En unas cuentas horas, Pedro, uno de sus muchachos llegará al batey desde la Universidad Central del Este (UCE) en San Pedro de Macorís. Charison, su otro orgullo, no irá, porque debe hacer guardia en un hospital de Santo Domingo.

La promesa en el batey. Cuando Pedro llega, camina, como de costumbre, por todos los rincones del batey, donde la vida transcurre con pocas novedades, excepto por las tristes noticias de la pobreza que a nadie asombran por aquí.
Al saludar a un grupo de vecinas, se percata de que un niño de once meses que juega en el suelo sufre de una desnutrición crónica. “Hay que desparasitarlo y luego darle alimentos, porque no se gana nada con darle una medicina y que siga en el suelo y no coma", comenta.

Pedro es un sobreviviente de esta realidad. Los estudiantes de medicina lograron cursar su carrera de medicina en la UCE, gracias a una beca otorgada por la organización Niños de las Naciones, pues las familias, atrapadas en la pobreza, no tienen suficiente dinero para costear sus estudios.

Cuando Pedro continúe recorriendo los callejones, se enterará de otra noticia triste, pero asimilada con resignación en un lugar donde uno de los mejores sucesos del día puede ser un plato de arroz con una taza de habichuela y un poquito de carne.

El mes pasado cuatro niños de los aproximadamente 13 pequeños que buscan- para sobrevivir- aluminio y cobre en un vertedero ubicado a unos tres kilómetros de Algodón, estuvieron a punto de morir por consumir un salami caducado que encontraron en la basura.

Marino Féliz, de 13 años es una de las víctimas. Es hijo de Francia Deguizan quien, según cuenta, vive con su marido, cuatro hijos y otros nueve muchachos en una casa de apenas tres habitaciones.

El pequeño vende cobre y aluminio a unos conductores de camiones que pasan por la carretera que conduce a Barahona o a un hombre de su comunidad llamado Néstor Patricio Guzmán (Hari) que, según cuenta vende el material a otros compradores. Con el dinero que obtiene, compra chucherías para él y de vez en cuando le da dinero a su mamá.

Francia debe mantener la casa donde conviven unas 15 personas con un salario de RD$3,000 que gana como conserje en un país donde la canasta básica ronda en promedio los RD$18,000. De vez en cuando, su marido llega al hogar con RD$150 que obtiene como jornalero en predios agrícolas del pueblo de Fundación. Otras veces, su hermano, quien le dejó dos hijos a su cargo, envía algún dinero desde la capital, donde trabaja en la construcción. "El día que encuentro el arroz los muchachos se lo comen, el día que no jallo na, se queda así", dice resignada la mujer.

Su niño habla de un sueño para escapar de la necesidad: ser pelotero. Mira al estadio improvisado donde los muchachos juegan, hablando creole, hablando español, a ser como el toletero de grandes ligas David Ortiz.

Historias de coraje. A pesar de sus pesares, este niño tiene más suerte de la que han tenido los estudiantes de medicina que hoy son el orgullo del batey. No tiene que, como ellos, caminar cuatro kilómetros cada día para ir a la escuela básica en Palo Alto, pues desde 1998 hay una escuela primaria en el batey Algodón.

Luego de la primera alfabetización radial, los futuros médicos terminaron la educación básica a fuerza de caminar cuatro kilómetros al día, cuando no había dinero para pagar el transporte, es decir, casi a diario. "A mí no me gustaba la escuela, mi mamá todos los días salía con un palo para obligarme a ir. No me gustaba porque tenía que caminar a pie y como mi mamá trabajaba, a veces cuando volvía no tenía comida hecha", comenta Pedro, a carcajadas, mientras mira a su hermano Joel Antonio, quien trabaja como chófer en el consorcio azucarero.

Durante la educación primaria, su hermano fue mejor estudiante, pero finalmente decidió dejar los estudios para trabajar.

Además de estas dificultades, Pedro tenía que enfrentarse con la discriminación, que lo tocaba como bateyero y como descendiente de Bertha García Joseph, una mujer domínico-haitiana. "Los muchachos de los otros pueblos nos decían haitianos, bateyeros, cuando íbamos a la escuela, cuando jugábamos y uno siendo niño no entendía bien esas cosas, ahora no me importa", dice.

Contra el entorno. El pastor evangélico Desiderio Corniel, padre del “médico interno” Charison, cuenta que para que su hijo fuera a la universidad, hubo restringir el gasto de la casa, porque la beca no le era suficiente para tener una vida sin estrecheces.

"Yo les digo a los muchachos de aquí que aprendan, que estudien para que no sean como uno, que la azada sólo lleva para atrás, la escritura va hacia adelante", enfatiza el pastor, de nacionalidad haitiana, quien desde hace cuatro años tiene una parcela. Antes se dedicaba a cultivar tierras ajenas.

Pero, no todos podrán seguir con la escritura. Unos 15 estudiantes además de los dos que estudian medicina están en la universidad y 25 se encuentran en lista de espera. La organización no dispone de becas para todos y la mayoría de las familias no pueden costear los gastos.

Maritza Peña de Niños de las Naciones explica que Educación apenas paga cinco de los diez maestros que imparten docencia en la escuela básica, que alberga a 270 estudiantes.

La escuela fue construida y es mantenida por la asociación civil desde 1998, cuando se cumplió uno de los sueños de un batey donde algo ha cambiado, aunque la pobreza se imponga en los hijos de los braceros como antes en sus padres, trabajadores del azúcar.

Un hijo de Hilda, la alfabetizadora, es obrero y otro cursa el bachillerato y practica béisbol. Jusni Franciani, el marido de la maestra, un ex trabajador del ingenio, sueña con que su muchacho termine la universidad para que su familia empiece a dejar atrás la caña y el cemento.




La foto es de Pedro Jaime Fernández, salió publicada en Clave Diigital. Pueden ver la sesión de fotografías completa en este enlace.