domingo, 20 de mayo de 2012
Reporte II. ¿Cómo se compra un voto?
Reporte I. Los delegados y activistas siguen en campaña
viernes, 16 de marzo de 2012
sábado, 10 de marzo de 2012
viernes, 30 de septiembre de 2011
La historia que nadie quiere contar: El brote de diarrea en la cordillera
Vianco Martínez
Pero Leónides si sabía, y por eso iba llorando por todo el camino.
También iba deshidratada. Caminando sierra abajo, la bajaron en la hamaca.
Tuvieron que cruzar primero el Río en Medio, después el río La Cueva, donde la esperaba una ambulancia para llevarla al hospital de Padre Las Casas, donde, desde el 21 de septiembre, tuvieron que habilitar dos salas de aislamiento para atender a los pacientes.
El pasado sábado, en un grupo de diez, llegaron dos mellizos de un mes y medio. Llegaron tan deteriorados que la gente pensaba que no iban a responder a la rehidratación porque estaban exánimes.
La demora del personal de salud y el intento de las autoridades de minimizar el brote fue fatal porque el brote se expandió sin control y cobró nuevos casos rápidamente, en especial en la comunidad de Botoncillo. Las autoridades se pusieron a jugar a las relaciones públicas con la vida de la gente de por medio, convirtiendo a aquellos parias de la montaña en enfermos invisibles, y ahí están los resultados.
Botoncillo, el poblado que se encuentra más cerca del Río en Medio por la parte de arriba, ha sido el más castigado. Solo entre el jueves y el viernes bajaron de ese lugar más de 25 personas afectadas. Hoy viernes, ese lugar amaneció con quince nuevos casos, dos de los cuales –Danilo Fulcar, de 50 años, y Milcia Mateo, de 35, una pareja de esposos- se encuentra hospitalizada y en en estado delicado.
Así están las cosas al día de hoy, viernes 30 de septiembre, en la cordillera Central. Por suerte, el brote de diarrea, según las autoridades, desde el primer día está “bajo control”. ¡Por suerte!
domingo, 25 de septiembre de 2011
Educación y libertad

Mi sobrino Cristopher, de seis años, ha iniciado la escuela primaria con entusiasmo y alegría. Espera perfeccionar su lectura para “leer muchos cuentos” y saber lo que hay en “todos los libros”.
Me emociona observar su avidez de conocimiento y su energía para jugar a las figuras, formar bloques o hacer preguntas sobre el espacio exterior. Entusiasmada, le llevo a casa libros sobre los planetas, la forma en que funcionan ciertos aparatos o de literatura infantil.
Él los mira una y otra vez y pide que lea las páginas llenas de ilustraciones, no importa si se trata de un cuento o de un libro de ciencias naturales. Miro a ese niño y pienso que la escuela a veces castra y limita nuestro interés por conocer el mundo.
Tuve la suerte de estudiar en el Politécnico Pilar Constanzo, dirigido por Hermanas Salesianas, un centro modelo dentro del sistema público. Pero aún así, ahora que miro con criticidad mi propia formación, lamento que el currículo dominicano tenga, o tuviera en ese entonces, tan escasas herramientas para inculcar en los estudiantes una cultura científica.
Así nos convertimos en analfabetas funcionales para comprender informaciones básicas sobre medicina, terremotos, maremotos o productos químicos. Lamento también la falta de conexión que a veces se dio, muy a pesar del esfuerzo de buenos profesores, entre la teoría y la vida. Pero comprendo que lidiar con 40 adolescentes en un aula…es un reto abrumador. Pienso en las clases de ciencias sociales sin salir por la ciudad a observar el relieve o la estructura urbana, en la ausencia de historia africana; y en las limitaciones para hacer prácticas fundamentales de ciencias naturales.
Recuerdo que de pequeña, como Cristopher, tenía una fascinación por la luna y las estrellas, pensaba que podía ser astronauta y viajar por el espacio. Con mi comadre de muñecas, Yaritza, también inventaba historias fantásticas, comidas malísimas y mundos posibles para cambiar la realidad o evadirla.
Mis gustos se inclinaron, al final, por las ciencias sociales, la comunicación y por las letras y sus posibilidades de crear, de transmitir de algún modo la realidad o de sacarle la lengua para construir otras posibilidades. Dos maestras fueron posiblemente demasiado buenas explicando la importancia de las lenguas y de nuestro idioma en particular, tan buenas que me ilusionaron con la comunicación y me pegaron una pasión de la que no he podido desprenderme. Las culpables fueron, en la primaria Paula Gómez (Duda) del Colegio Gabriela Mistral, de Tamayo; y en la secundaria Rosa Caro (quien si me lee se reirá con la muela de atrás, ya que era tan estricta que nos parecía, creo que a todos, y a mí en particular, antipática).
Agradezco mi formación más o menos sólida en aritmética, mis clases de comercio, la matemática comercial-que nunca he aplicado y no me gusta para nada, pero que me ha ayudado a ordenar mi cabeza- la fascinante álgebra y aquellas explicaciones sobre la división celular. Sin embargo, me pregunto cómo habría cambiado mi vida una formación científica más rigurosa o un viaje por el Malecón para entender su relieve costero en una clase de ciencias sociales.
Claro que algo he aprendido en la adultez, pero… lo pienso, lo pienso y le deseo a Cristopher una escuela que le de alas para conocer todo aquello que le provoca curiosidad, en vez de condenarlo a horas de aburrimiento. Quiero que nunca se haga esta pregunta. No me importa si decide ser mecánico, físico cuántico, titiritero, bailarín o periodista como yo. Sólo quiero que no se haga esta pregunta al cumplir 31 años.
jueves, 1 de septiembre de 2011
Insularidad mediocre
Las tristes batallitas de cada día: cruzar la calle en una cultura enemiga de los peatones, evitar la calle oscura si en ella va un hombre joven (triste estereotipo, joven atracador), las discusiones sobre política que se limitan a valorar quién es peor: Hipólito o Leonel...
Hoy cargo la parte más negativa de nuestra insularidad, esa que ahoga todo intento de trascendencia, entre la cháchara y el "dame lo mío".
Qué los escritores y pintores vengan a salvarnos, que nos enseñen el mar, que es horizonte y puente para llegar al infinito, que nos libren de la mediocridad que nos acorrala o nos digan la dura verdad: Estamos condenados al infierno.
Pero qué hagan algo. Hoy se me ocurre que solo ellos pueden salvarnos, evitar que en busca del pan de cada día, de la botellita de cada muerte, dejemos de ser humanos para convertirnos en sobrevivientes sin almas de una isla sin salida.
