Una mujer que exige RD$200 para ir a votar a Barahona, su provincial de origen, en la Casa Nacional del Partido de la Liberación Dominicana, precisamente frente al letrero que contiene la famosa consigna de los morados: “Servir al partido para servir al pueblo”.
Un desorden en la Junta Electoral del Distrito durante el conteo de votos, supuestamente organizado por gente del Partido Revolucionario Dominicano que no ha aprendido que en las elecciones se pierde o se gana.
Amable Aristy Castro, el candidato del Partido Reformista, tirando gallinas y jamón en un mitin electoral y una horrible canción que rompe los oídos y los nervios.
¡Ha terminado una de nuestras pesadillas!
Como estuve entre los periodistas que trabajaron durante las votaciones del 16 de mayo para CLAVE y por hábito de reportera di seguimiento a cada detalle de la campaña electoral, todo el proceso me ha dejado resacada. Es como si hubiera bebido cerveza “caliente” toda la noche.
¡Con estas líneas me curo de mi resaca!
lunes, 26 de mayo de 2008
martes, 6 de mayo de 2008
El político y el héroe

Voy a votar por Guillermo Moreno y no sólo para protestar contra los tres que echaron a Pedro en el pozo. Pienso que podría ser una opción diferente. Representa, al menos, la oportunidad de la decencia.
Pero, no voy a pontificar sobre las bondades de Moreno. No creo en los llaneros solitarios, en los héroes que andan solos, luminarias en un partido donde los demás son velas apagadas.
Hubiera preferido que formara parte de un movimiento más estructurado, que aunque pequeño, contara con una estructura política capaz de contradecirle y frenarle. Ahora parece un dios dominando su pequeño mundo.
A este país le hacen falta más instituciones y menos salva patrias. Me aterra que si algún día se convierte en presidente de la República, lo haga como un caudillo todopoderoso y solo.
La naturaleza humana es demasiado frágil y el poder, en exceso tentador. En los partidos, las ideas deben ser debatidas para llegar a acuerdos y mantener ciertos desacuerdos saludables.
Una buena candidatura ha de empezar con voces críticas entre los que la apoyan. Ningún apoyo político debe ser ciego e irracional. Ya es suficiente con los fanáticos religiosos que para todo citan algún versículo de un texto sagrado.
Moreno es parte de un equipo. Tiene, para bien y para mal, la carga de la coalición de izquierda que lo ha elegido y que en la boleta estará representada por el Movimiento Independencia Unidad y Cambio (MIUCA). El movimiento que, por decirlo de alguna manera, tiene “cola que le pisen”, también tiene sus luces. Al menos es un esfuerzo coherente, concertado, para llegar al poder en base a ciertas propuestas éticas.
Críticas de otros
Terminadas aquí mis críticas, quiero compartirles las de dos muchachos, uno de ellos cansado de la doble moral con que se mueve casi todo en el país y otro en disposición de adaptarse al sistema.
Crítica el conformista el hecho de que la jueza Aura Celeste Fernández continúe en la Junta Central Electoral mientras su marido, Moreno, aspira a la presidencia. ¿Y si fuera la esposa del presidente Leonel Fernández o la de Miguel Vargas Maldonado, lo toleraríamos?, se pregunta el joven. Piensa que la pareja pudo haber optado por otra solución.
Se queja amargamente este muchacho asqueado de la doble moral, de que la candidata vicepresidencial del MIUCA, la presidenta de la Asociación Dominicana de Profesores (ADP), María Teresa Cabrera, encabeza las huelgas de maestros contra el Gobierno.
Piensa que utiliza su poder de líder gremial con un objetivo político partidista, a su juicio, algo inmoral en una campaña electoral. Si fuera vicepresidenta del Partido Revolucionario Dominicano o del Partido de la Liberación Dominicana ¿toleraríamos que continuara al frente de la lucha gremial?
Argumenta este joven, con razón, que ni a Moreno ni a los dirigentes del movimiento, se le deben dejar pasar los desaciertos sólo porque objetivamente se entiende que tiene pocas posibilidades de ganar estas elecciones. ¿Así se está formando para cuando gane?, se pregunta.
Temas para reflexionar, porque no votamos por ángeles, si no por “humanos demasiado humanos”. Aunque esta vez se trate de un hombre al que considero excepcional, creo prudente mantener siempre la “duda razonable”, que es una excelente consejera para los periodistas. Al fin de cuentas, si Moreno gana y se me presenta la oportunidad de entrevistarlo, tendré que hacerle las preguntas difíciles, las que le haría, por ejemplo, el presidente Leonel Fernández.
¿Por qué no critico a los partidos mayoritarios? Es que de ellos ya lo sabemos todo, lo esperamos todo y nada nos asombra. ¿Qué podría agregar a lo que se ha explicado más de mil veces? Esto en cambio, tal vez sea una esperanza.
domingo, 4 de mayo de 2008
Las voces de los niños en una tragedia
*Edith Febles
Ayer caminé durante horas por las calles de La Caleta, en Boca Chica. La sangre se negaba a desaparecer del suelo pese a la lluvia. La comunidad estaba en la calle. Apenas comenzaba el recorrido cuando un hombre alto, de unos 42 años, se acercó al periodista local que me acompañaba para decir: "Lo que ocurrió anoche fue una masacre. Yo soy militar. No les he dicho nada. Pero investiguen". Eran las 9:30 de la mañana.
Aquel gesto fue el primer amago de lo que se convertiría en rutina. El pueblo estaba indignado.
Una señora de unos 80 años, desprovista de dientes, se acercó para que le escuchase. Joven, ¿usted es periodista? ¡Por Dios, haga saber que aquí mataron gente inocente! La actitud era colectiva.
Bien entrada la calle contemplé a unas 40 personas afanados en conversar con los periodistas de Diario Libre. En otra esquina, otro grupo no menor, hacía lo propio con Roberto Valenzuela, de El Caribe. Las cámaras ganaban espacio entre otros grupos formados de forma espontánea.
Seguí escuchando a la gente. A la que hablaba conmigo. A la que se dirigía a otros vecinos ignorando ser escuchados. El dolor y la indignación casi eran palpables de tan reales.
Me encontraba hablando con los moradores cuando un joven se acercó y me dijo: "Señora, hay alguien allí que quiere decirle algo. Me llevó de un callejón a otro hasta concluir en una sala oscura, donde tres personas aguardaban. "Es muy delicado lo que queremos darle. No diga que se lo dimos". Entonces, para mi sorpresa, encendieron un sonido de grabador con bajísima calidad técnica, casi imposible de reproducir. Dijeron que aquella era la grabación del momento en que el terror se apoderó del barrio. ¡No lo maten Dios mío, no lo maten, no lo maten, no lo maten!. Ese grito se repetía en voces cercanas y lejanas y solo se vio interrumpida por la voz de alguien que dijo: ¡Carajo, han matado a un coronel, carajo!. Lo demás eran voces confusas, voces de pánico, gritos, alarma.
Salí de allí para seguir caminando en aquella especie de romería colectiva en torno a los rastros sangrientos. Las diligencias me permitieron acumular imágenes de los primeros momentos. Imágenes de los muertos con tiros cercanos, en sus cabezas, de las mujeres clamando justicia, de un general prometiendo esclarecimiento, de un coronel fallecido en su jeepeta.
Pero de todas las imágenes del día la que más impacto me causó no llegó hasta las cuatro de la tarde. Fue la imagen de las consecuencias. A esa hora me senté en el borde de un colmado aguardando la llegada de uno de los muertos procedente de Patología Forense. Fue entonces cuando aquel niño me llamó. Hasta ese momento no pensé en los niños del pueblo. Atraída por los testimonios de los adultos no pensé en ellos. A partir de entonces no pude ignorarlos y lamenté no haberlos tenido en cuenta.
El niño no debía tener más de seis años. Los pies sucios. La camisa roída. "Señora, ¿usted es de los periodistas?, preguntó. Al responderle afirmativamente me dijo: "Le tengo una cosa, le tengo una bala".
Y se acercó. Abrió sus manitas. Y mostró el casquillo oxidado de lo que alguna vez fue una bala. Le expliqué que aquella bala era antigua. De todas formas él la recuperó y la guardó en el bolsillito de su pantalón remendado. En ese instante me di cuenta que no había hablado con los niños del pueblo. ¿Cómo pude pensar en cubrir una tragedia sin hablar con ellos?.
Para reparar mi descuido desde entonces solo hablé con ellos, exceptuando los escasos minutos que conversé con el cura y el representante de los derechos humanos.
El chico portador de la bala me comentó que cuando comenzaron los tiros su madre lo metió debajo de la cama, dijo que cuando todo acabó su hermanito, de tres años, preguntó a su madre si se había marchado el cuco.
Me encontré rodeada de niños y niñas. La experiencia de todos era parecida. Al momento del tiroteo lo pasaron debajo de las camas, debajo de los muebles, debajo de un cajón, en fin, debajo de algo.
Otro pequeño, de ocho años, lloroso, me dijo: "se llevaron a mi mami y a mi papi. Mi tía dice que no sabe donde lo tienen. ¿Usted cree que lo van a matar?. Era obvio que allí faltaban psicólogos. Traté de tranquilizarle diciéndole que la Policía no podía retenerles más de 48 horas. Que esperara otro rato, que sus padres llegarían.
Entonces, otro chico más despierto y avispado me comentó ser hermano del lloroso. "Oiga señora, yo le voy a decir lo que pasó"- ¿Usted ve aquella casa", dijo, mientras señalaba la residencia donde –según la Policía- estaba guardado el dinero que el fallecido coronel trataba de recuperar.
"Llegó una jeepeta y se apearon dos hombres armados. No parecían policías. No tenían nada de policías, y comenzaron a dispararle a esa casa. Nos trancamos. Entonces, por la puerta de atrás llegó la señora de la casa gritando. Mi mamá le abrió la puerta de atrás 'juyendo'. Ella estaba muy asustada. Ella sufre del corazón. Su hija llegó con ella. Decían ¡ladrones, ladrones! Ellas se trancaron con nosotros y se oyeron muchos tiros. La señora estaba muy mal. Luego vino la Policía y le dieron agua porque se estaba poniendo mala y se la llevaron. Después se llevaron a mi papá. Mi mamá protestó y también se la llevaron. Nosotros dormimos solos". Aquel niño no pasaba de diez años. Es el mayor en la casa.
Para entonces estaba rodeada de niños. Unos 20 chiquitines se convirtieron en mis guías. Me llevaron al patio de la residencia donde se resguardó la citada señora y mostraron un boquete abierto en la empalizada de cinc y alambres de púas. ¡Gracias a Dios las mujeres pudieron pasar por aquí, gracias a Dios, porque las iban a matar!, dijo uno los niños. No le pregunté su edad, pero a juzgar por su tamaño calculo que no pasa de seis años.
Decidí hacer el recorrido de la señora a quien la Policía inculpó como responsable de las muertes por sus gritos de auxilio. Su histeria, a juicio policial, había sido el detonante.
Con los niños fui a su casa. En grupo, me enseñaron lo que los adultos no me habían mostrado. El lugar de la puerta de hierro donde el tiro hecho, supuestamente, por uno de los policías que acompañaba al coronel, dobló la protección de hierro, rompió el candado y se proyectó sobre la pared.
Fue entonces cuando la dueña de la casa salió corriendo por la puerta de atrás clamando ayuda. Y sí, como dijo el niño, tuvo suerte de poder romper una hoja de cinc de aquella empalizada tan tupida.
Luego, hablando con el cura del pueblo, le pedí razonar sobre algo tan humano como la histeria, de modo particular sobre la histeria de aquella mujer. Si a su casa –dijo el sacerdote- llegan unos hombres armados, de noche, vestidos de civil, sin fiscal, sin orden judicial, tirando tiros a su puerta, en una jeepeta privada, ¿usted que haría?".
"Yo –culminó el cura- pensaría que son delincuentes. Por eso digo que esto es un caso muy extraño. Hasta yo gritaría", terminó.
A esta hora leo los diarios. Algunos recogen nueva vez la historia de aquella mujer histérica como parte de una componenda. Y las palabras del cura retornan a mi mente. "Si llegaran a su casa de esa forma ¿usted que haría?".
*Edith Febles es periodista
Ayer caminé durante horas por las calles de La Caleta, en Boca Chica. La sangre se negaba a desaparecer del suelo pese a la lluvia. La comunidad estaba en la calle. Apenas comenzaba el recorrido cuando un hombre alto, de unos 42 años, se acercó al periodista local que me acompañaba para decir: "Lo que ocurrió anoche fue una masacre. Yo soy militar. No les he dicho nada. Pero investiguen". Eran las 9:30 de la mañana.
Aquel gesto fue el primer amago de lo que se convertiría en rutina. El pueblo estaba indignado.
Una señora de unos 80 años, desprovista de dientes, se acercó para que le escuchase. Joven, ¿usted es periodista? ¡Por Dios, haga saber que aquí mataron gente inocente! La actitud era colectiva.
Bien entrada la calle contemplé a unas 40 personas afanados en conversar con los periodistas de Diario Libre. En otra esquina, otro grupo no menor, hacía lo propio con Roberto Valenzuela, de El Caribe. Las cámaras ganaban espacio entre otros grupos formados de forma espontánea.
Seguí escuchando a la gente. A la que hablaba conmigo. A la que se dirigía a otros vecinos ignorando ser escuchados. El dolor y la indignación casi eran palpables de tan reales.
Me encontraba hablando con los moradores cuando un joven se acercó y me dijo: "Señora, hay alguien allí que quiere decirle algo. Me llevó de un callejón a otro hasta concluir en una sala oscura, donde tres personas aguardaban. "Es muy delicado lo que queremos darle. No diga que se lo dimos". Entonces, para mi sorpresa, encendieron un sonido de grabador con bajísima calidad técnica, casi imposible de reproducir. Dijeron que aquella era la grabación del momento en que el terror se apoderó del barrio. ¡No lo maten Dios mío, no lo maten, no lo maten, no lo maten!. Ese grito se repetía en voces cercanas y lejanas y solo se vio interrumpida por la voz de alguien que dijo: ¡Carajo, han matado a un coronel, carajo!. Lo demás eran voces confusas, voces de pánico, gritos, alarma.
Salí de allí para seguir caminando en aquella especie de romería colectiva en torno a los rastros sangrientos. Las diligencias me permitieron acumular imágenes de los primeros momentos. Imágenes de los muertos con tiros cercanos, en sus cabezas, de las mujeres clamando justicia, de un general prometiendo esclarecimiento, de un coronel fallecido en su jeepeta.
Pero de todas las imágenes del día la que más impacto me causó no llegó hasta las cuatro de la tarde. Fue la imagen de las consecuencias. A esa hora me senté en el borde de un colmado aguardando la llegada de uno de los muertos procedente de Patología Forense. Fue entonces cuando aquel niño me llamó. Hasta ese momento no pensé en los niños del pueblo. Atraída por los testimonios de los adultos no pensé en ellos. A partir de entonces no pude ignorarlos y lamenté no haberlos tenido en cuenta.
El niño no debía tener más de seis años. Los pies sucios. La camisa roída. "Señora, ¿usted es de los periodistas?, preguntó. Al responderle afirmativamente me dijo: "Le tengo una cosa, le tengo una bala".
Y se acercó. Abrió sus manitas. Y mostró el casquillo oxidado de lo que alguna vez fue una bala. Le expliqué que aquella bala era antigua. De todas formas él la recuperó y la guardó en el bolsillito de su pantalón remendado. En ese instante me di cuenta que no había hablado con los niños del pueblo. ¿Cómo pude pensar en cubrir una tragedia sin hablar con ellos?.
Para reparar mi descuido desde entonces solo hablé con ellos, exceptuando los escasos minutos que conversé con el cura y el representante de los derechos humanos.
El chico portador de la bala me comentó que cuando comenzaron los tiros su madre lo metió debajo de la cama, dijo que cuando todo acabó su hermanito, de tres años, preguntó a su madre si se había marchado el cuco.
Me encontré rodeada de niños y niñas. La experiencia de todos era parecida. Al momento del tiroteo lo pasaron debajo de las camas, debajo de los muebles, debajo de un cajón, en fin, debajo de algo.
Otro pequeño, de ocho años, lloroso, me dijo: "se llevaron a mi mami y a mi papi. Mi tía dice que no sabe donde lo tienen. ¿Usted cree que lo van a matar?. Era obvio que allí faltaban psicólogos. Traté de tranquilizarle diciéndole que la Policía no podía retenerles más de 48 horas. Que esperara otro rato, que sus padres llegarían.
Entonces, otro chico más despierto y avispado me comentó ser hermano del lloroso. "Oiga señora, yo le voy a decir lo que pasó"- ¿Usted ve aquella casa", dijo, mientras señalaba la residencia donde –según la Policía- estaba guardado el dinero que el fallecido coronel trataba de recuperar.
"Llegó una jeepeta y se apearon dos hombres armados. No parecían policías. No tenían nada de policías, y comenzaron a dispararle a esa casa. Nos trancamos. Entonces, por la puerta de atrás llegó la señora de la casa gritando. Mi mamá le abrió la puerta de atrás 'juyendo'. Ella estaba muy asustada. Ella sufre del corazón. Su hija llegó con ella. Decían ¡ladrones, ladrones! Ellas se trancaron con nosotros y se oyeron muchos tiros. La señora estaba muy mal. Luego vino la Policía y le dieron agua porque se estaba poniendo mala y se la llevaron. Después se llevaron a mi papá. Mi mamá protestó y también se la llevaron. Nosotros dormimos solos". Aquel niño no pasaba de diez años. Es el mayor en la casa.
Para entonces estaba rodeada de niños. Unos 20 chiquitines se convirtieron en mis guías. Me llevaron al patio de la residencia donde se resguardó la citada señora y mostraron un boquete abierto en la empalizada de cinc y alambres de púas. ¡Gracias a Dios las mujeres pudieron pasar por aquí, gracias a Dios, porque las iban a matar!, dijo uno los niños. No le pregunté su edad, pero a juzgar por su tamaño calculo que no pasa de seis años.
Decidí hacer el recorrido de la señora a quien la Policía inculpó como responsable de las muertes por sus gritos de auxilio. Su histeria, a juicio policial, había sido el detonante.
Con los niños fui a su casa. En grupo, me enseñaron lo que los adultos no me habían mostrado. El lugar de la puerta de hierro donde el tiro hecho, supuestamente, por uno de los policías que acompañaba al coronel, dobló la protección de hierro, rompió el candado y se proyectó sobre la pared.
Fue entonces cuando la dueña de la casa salió corriendo por la puerta de atrás clamando ayuda. Y sí, como dijo el niño, tuvo suerte de poder romper una hoja de cinc de aquella empalizada tan tupida.
Luego, hablando con el cura del pueblo, le pedí razonar sobre algo tan humano como la histeria, de modo particular sobre la histeria de aquella mujer. Si a su casa –dijo el sacerdote- llegan unos hombres armados, de noche, vestidos de civil, sin fiscal, sin orden judicial, tirando tiros a su puerta, en una jeepeta privada, ¿usted que haría?".
"Yo –culminó el cura- pensaría que son delincuentes. Por eso digo que esto es un caso muy extraño. Hasta yo gritaría", terminó.
A esta hora leo los diarios. Algunos recogen nueva vez la historia de aquella mujer histérica como parte de una componenda. Y las palabras del cura retornan a mi mente. "Si llegaran a su casa de esa forma ¿usted que haría?".
*Edith Febles es periodista
sábado, 26 de abril de 2008
El mejor maestro del mundo tiene tres años
Es libre y seguro.
Juega a nadar como un pez en el piso de la casa, salta cuando le da la gana y si quiere guardar silencio, no habla aunque le ruegues. ¡Déjame vivir, tía! ha aprendido a repetir y ahora usa ese argumento contra cualquier intromisión en su espacio cuando quiere estar tranquilo.
No conoce de convencionalismos. Por presumir de tener sobrino, uno de sus tíos lo llevó a una fiesta en el Palacio Nacional durante la navidad. A Christopher le pareció aburridísima y exigió que lo sacaran de allí. ¡Qué remedio!
Disfruta
En su mundo de fantasía, Cristopher tiene un carro para ir a un pueblito del Suroeste llamado Tamayo, pero también puede viajar en un caballito de juguete que cabe en su puño. ¡Es tan feliz durante el viaje!
Le encanta el helado de chocolate, pero también come vegetales y frutas. A cada cosa le encuentra su encanto, hasta al pelo desgreñado de una mujer recién levantada. ¡Qué linda! dice al ver a cualquier dama con las greñas sueltas y tiene como costumbre desbaratar cualquier peinado por elegante que sea, con tal de observar el cabello libre.
Le gustan los peces, los dibujos de peces, la música, pintar cualquier cosa que se le ocurra y jugar con los libros.
Expresa el afecto
Reparte abrazos y besos sin preocuparse de quien lo esté mirando. “Te quiero mucho”, dice a su mamá, a sus tíos o a su hermanita de diez años cuando está de humor. No hace cálculos de afecto, no piensa que no debe abrazarte porque se te olvidó saludar o no lo llamaste ayer. Te recibe siempre con el mismo cariño.
Si escucha la canción de Barney, es un encanto repartiendo abrazos al ritmo de “te quiero yo y tú a mí...”.
Y puedo decirles que nunca he conocido a nadie tan feliz…
Foto: Cristhoper y su hermana Orquídea
miércoles, 2 de abril de 2008
El derecho a ser distraída y no ser asaltada
Asaltada por tercera vez, me niego a encerrarme en casa. Tengo derecho a transitar por la ciudad sin paranoia, sin cuidarme de las sombras y de los miedos. Recriminada por andar despreocupadamente en cualquier calle, reivindico el sagrado derecho a ser distraída.
Me niego también a dejar de visitar ciertas zonas de mi barrio o de la ciudad por menos exclusivas que sean. Abandonar los espacios por miedo es dejar de ejercer un derecho ciudadano y lo digo apenada y aterrada por el último asalto.
El lunes a las 3:00 de la tarde, andando muy distraídamente por una acera de la calle Real de Villa Duarte, camino a casa de un amigo, luego de un día perdido haciendo gestiones en bancos comerciales, un jovencito, creo que adolescente, me quitó la cartera o mejor dicho se la entregué, previa amenaza de golpearme.
El chico salió corriendo y subió a un motor donde lo esperaba otro jovencito. Así se dieron a la fuga, supongo que a esconderse en alguno de los callejones donde les ha tocado subsistir.
¿Qué hacer? De momento, yo seguiré visitando a mi amigo en su casa, en su calle, si el miedo me lo permite. ¿Qué harán ellos? Seguir robando, sobrevivir.
Aunque en principio tenía ganas de matarlos, ahora sólo siento pena por los pobres chicos. Debe ser duro asaltar como forma de vida. Peor para ellos si pueden dedicarse a otra cosa y sólo han aprendido a escoger lo peor. ¿Qué familias, que clubes, que amigos, que comunidades fallaron? ¿Qué islas de falsa seguridad estamos creando en una ciudad cada vez más excluyente?
He pensado que ellos y yo, al fin de cuentas, sólo somos víctimas de la ciudad.
Me niego también a dejar de visitar ciertas zonas de mi barrio o de la ciudad por menos exclusivas que sean. Abandonar los espacios por miedo es dejar de ejercer un derecho ciudadano y lo digo apenada y aterrada por el último asalto.
El lunes a las 3:00 de la tarde, andando muy distraídamente por una acera de la calle Real de Villa Duarte, camino a casa de un amigo, luego de un día perdido haciendo gestiones en bancos comerciales, un jovencito, creo que adolescente, me quitó la cartera o mejor dicho se la entregué, previa amenaza de golpearme.
El chico salió corriendo y subió a un motor donde lo esperaba otro jovencito. Así se dieron a la fuga, supongo que a esconderse en alguno de los callejones donde les ha tocado subsistir.
¿Qué hacer? De momento, yo seguiré visitando a mi amigo en su casa, en su calle, si el miedo me lo permite. ¿Qué harán ellos? Seguir robando, sobrevivir.
Aunque en principio tenía ganas de matarlos, ahora sólo siento pena por los pobres chicos. Debe ser duro asaltar como forma de vida. Peor para ellos si pueden dedicarse a otra cosa y sólo han aprendido a escoger lo peor. ¿Qué familias, que clubes, que amigos, que comunidades fallaron? ¿Qué islas de falsa seguridad estamos creando en una ciudad cada vez más excluyente?
He pensado que ellos y yo, al fin de cuentas, sólo somos víctimas de la ciudad.
sábado, 29 de marzo de 2008
“Octavo Mandamiento: Mentirás”
Así como hay problemas estructurales, hay mentiras estructurales. Eduardo Galeano es experto en encontrarlas y escribirlas.En este enlace de Página 12 podrás leer el octavo mandamiento según Galeano.http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-101340-2008-03-27.html
viernes, 28 de marzo de 2008
Literatura para sobrevivir

¿Para qué sirve la literatura? “Hasta para remedio”. Pocas cosas pueden ser tan útiles como un cuento o una novela.
En los buenos momentos, nos divierten; en los malos, hacen la carga menos pesada; en un avión, nos ayudan a mantener la cordura; algunas novelas hasta nos permiten conciliar el sueño en noches de insomnio.
No busco la literatura para aprender sobre moral o ética, no espero que sea “políticamente correcta”. De hecho, agradezco que los poemas estén llenos de políticas incorrecciones.
Me alegra que la literatura contenga los mundos donde habitan las pasiones, las grandezas, las pequeñeces, las iniquidades, las traiciones y la imaginación humanas. Si el libro no me gusta, lo uso para cubrir del polvo la portada de otro. La literatura sirve para todo.
Pero, ocurre con frecuencia, que la literatura, además de acompañarnos y divertirnos, nos abre los ojos y nos sacude ante dilemas éticos siempre actuales.
Vale la pena leer o releer “La Mancha Indeleble”, cuento de Juan Bosch, uno de esos que por lo regular se incluyen en el programa de literatura del bachillerato.
Es divertido, ingenioso y tiene un mensaje sobre la libertad, la autonomía personal y la dignidad. Es la historia de un hombre que se ve en la disyuntiva de entregar o no su cabeza-literalmente en la historia- a unos sujetos que resultan ser del Partido.
Entregar la cabeza, es, por supuesto negarse a sí mismo y a toda la historia personal.
“Pero no puedo despojarme de mi cabeza así como así. Deme algún tiempo para pensarlo. Comprenda que ella está llena de mis ideas, de mis recuerdos. Es el resumen de mi propia vida”, argumenta el personaje central en el momento decisivo.
El cuento impresiona, pone a pensar: ¿Cómo desdecir de toda una historia personal de dignidad o al menos de autonomía y libertad y seguir mirándose al espejo?
Este es un tiempo de grandes tentaciones para entregar la cabeza en aras de la supervivencia. Muchos la han entregado al Partido, al Gobierno o a la empresa. Tal vez, todos hemos dejado un poquito de nuestra cabeza en algún lugar, cuando no tuvimos el valor de defender una idea en la que creíamos con la cabeza y las vísceras.
Al ver a tanta gente desdecir su propia historia tan alegremente, entregar su cabeza y no precisamente por un plato de comida, tengo que repetir que la literatura sirve “hasta para remedio”.
Me pregunto si muchos de los que han entregado su cabeza se habrían atrevido a hacerlo, si una semana antes hubiesen buscado entre los libros de Bosch o entre sus antiguas tareas escolares alguna copia de este cuento. Creo que se habrían negado a borrarse a sí mismos.
¿No me crees? http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/bosch/mancha.htm
Pues lee o vuelve a leer el cuento.
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